Un gol de último minuto puso las aguas quietas en el Hidalgo. El empuje bravío de los de Juárez encontró su antídoto en las botas del panameño, tan errático en el encuentro, pero con una salpicada de fortuna al final. Fue en pase impensado, rebanado por Montes y colado entre las piernas de la defensa india; Pérez lo toma y asegura con el interno, superando el arañazo de Saucedo, que ya para entonces reclamaba su traje de héroe. Efectivo como pocos, el meta tiene que pagar su destino de tapar en equipos chicos, alejado de los reflectores que catapultan a sus colegas. Un partido que comenzó vibrante, con dos llegadas incisivas del visitante, tan acostumbrado al menosprecio y por tal a la sorpresa. Pero el Pachuca se relambe su colmillo, mucho equipo como para permitir una aventura contraria. Un gol de Cárdenas, que empujó el balón ante la grosera marca india en un tiro de esquina, puso las cosas en su sitio. El partido se empezó a jugar a conveniencia del Pachuca, que enredaba el juego y aprovechaba con latigazos rápidos el desconcierto contrario.
Sumido quizá en el aletargamiento de los goles, el cuadro de Meza fue incapaz de ampliar la de por sí ya holgada ventaja. Fue entonces cuando los indios apelaron a la hazaña, la misma que había dejado fuera a las chivas en el último duelo de la regular y tumbado al Toluca en cuartos. Santibáñez remataba sobre el final del primer tiempo una pelota que quedaba muerta en el área. Uno-uno para irse al descanso y planear la hombrada.
Y parecía que llegaba. Al 60 el uruguayo Rodríguez empalmó una pelota a bote pronto haciendo inútil la estirada de Calero. Inmediatamente surgió el desconcierto. Una salida torpe de Calero lo obligó a tocar el balón con la mano fuera del área; pero Archundia se negó a echarlo: era roja directa. Amedrentado quizá por la presencia de Calderón en el palco tuzo, el árbitro bateó la remontada histórica.
El duelo se volvió tenso, Eugui clamó sus últimos cambios esperanzado en la fortuna de Giménez. Pero fue Maggiolo, que también ingresaba de relevo, el que puso el 3-1 a diez del final. Un pase largo sorprendía a la defensa tuza dejando solo al argentino, quien sólo tuvo que bombear ante la salida inútil de Calero. Era la apoteosis. Los de Juárez estaban a un solo gol de continuar su historia romántica. Y Malagueño tuvo la gloria, en un tiro de esquina donde hasta Saucedo corrió a rematar. Le quedó el balón a merced para catapultar a su equipo más allá del mito: pero su disparo salió lamiendo el poste derecho. Se iba así la ilusión fronteriza.
Entonces apareció el panameño, quien ya antes había errado tiros groseros. Y se llevó el empuje indio. Ahí queda, sin embargo, la zigzagueante campaña del benjamín, condenado por muchos al descenso y codeado por su hambre con los grandes, envuelto en la insigna del deber cumplido.
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