jueves, 19 de agosto de 2010

Jalisco nunca pierde


Bautista cantaba las estrofas sórdidas del himno mexicano cuando de pronto quedó varado a mitad de una: la banda de música dejaba el cántico inconcluso e interpretaba, apoyada por las 60000 personas que llenaron el Beira Rio, el himno brasileño. Bautista, el cicatero, quedó pasmado y volvió la vista para mirar a sus compañeros. Entonces, viendo que ellos habían quedado igual en desconcierto, rompió filas y simuló calentar cuando todavía se escuchaban las notas brasileñas. El estadio enfureció; pero Bautista lograba su cometido: interrumpir la arenga al Orden y el Progreso. Así comenzaba el partido. Si Inter se preparó para amedrentar, enfrente tenía a un equipo irreprochable, dispuesto a llevar a los extremos la sentencia bíblica de la ley del talión.
La fortaleza mental del Guadalajara, sin embargo, estaba muy por encima de sus recursos futbolísticos. Sin Medina por lesión, y con un Arellano marchito, las chivas sólo apostaban al juego largo y a las locuras de Bautista. Del pelotazo tomó cosecha: Bravo bajó un balón para De la Mora y éste se aventuró una tijera casi ante la barbilla de Bolívar, gol imperioso, el que necesitaba el Rebaño para poner las cosas iguales; de Bautista sólo encontró inmundicia, apenas un disparo al palo que permitió el gol de Bravo cuando ya todo estaba definido.
El Inter fue siempre abrumador, paseó su autoridad de comandante con las piernas hambrientas de D’Alessandro y las sobradas de Tinga. Taison acumuló desbarajuste tras cada arremetida al sector izquierdo del Guadalajara, allí donde Ponce perdió inocentemente ubicuidad y Araujo nunca atinó a ayudarle. Con su ala izquierda en ruinas, Michel tuvo que buscar los cada vez más inquietantes disparos de Tinga. Injustamente abajo en el marcador, el Inter saltó al segundo tiempo directo a la yugular del Rebaño. Donde más seguridad mostraba el Guadalajara (en el centro, con el rústico Reynoso) apareció Sobis para anticipar a Michel tras una habilitación de Kléber y devolver la ventaja a los colorados. El golpe fue definitivo en los de Real, atenidos a la esperanza de jugar con la desesperación local y forjar los tiempos extras. Con la piñata quebrada, las chivas sólo se limitaron a que el saqueo no fuera descomunal.
El gol de Leandro surgió en medio del caos, cuando el Rebaño aventuraba con De la Mora por derecha: el chico perdió el balón y no tuvo más que aplaudir la carrera del brasileño. Leandro avanzó como caballo desbocado, desde su propio potrero, y enfrentó a Michel agradeciendo a los cielos la lentitud de Reynoso. ¡Oh, Vergara, qué profético te viste con la exclusión de Galindo! La novatez de De Luna la aprovechó Guiliano para marcar el tercero.
Pero todavía estaba el coraje de los himnos tronchados. Cuando Ruiz silbó el final, un chico de mantenimiento entró al campo para escupir a De la Mora. La televisión se fue con Bravo, soltando golpes aberrantes a las espaldas coloradas. Los interistas interrumpieron su festejo para amurallarse en posición de jab; pero el mochiteco y los suyos también saben de ese deporte. Ruiz tenía tanto espectáculo que no atinaba para dónde mirar. Jalisco nunca pierde, y cuando pierde arrebata: Bautista, el cicatero, quitó una de las muletas a Esparza y volvió al campo para amedrentar rivales. La televisión lo mostró enloquecido, los comentaristas argentinos aprovecharon para surtirlo. A ellos no se les olvida, Bofo, que alguna vez tú ridiculizaste a Boca. Lo de ayer, sin embargo, es deleznable.
Para el Guadalajara queda el equipo, la autoridad mostrada en Santiago, el juego por momentos eminente en el Jalisco en las instancias previas, y la sospecha, aunque a Vergara le tenga sin cuidado, de que algo distinto hubiera pasado si las chivas terminan la copa jugando en el Jalisco.

jueves, 12 de agosto de 2010

Chivas de corral

Hay finales de ensueño, donde se encuentran dos equipos tan poderosos como temibles, similares en su poderío entre ambos pero muy superiores a los demás. Como ejemplo recuerdo aquella final entre Toluca y Atlas, esplendorosa, llena de fútbol de alquimia, emocionante hasta el último penal que erró Estrada. Y hay finales heterogéneas, desiguales, donde se enfrentan un equipo claramente superior y otro que llegó ahí sólo porque Dios es grande. La de anoche en Guadalajara fue una de ellas.

Inter llegó al Omnilife (qué nombre de estadio tan ridículo) para apoderarse de la bola, dejar maniatadas a unas chivas de corral y llevarse un gol de colchón para la vuelta en Porto Alegre. Así de categórico. Para lograrlo apeló a sus dos hombres argentinos. D’Alessandro salió divino, circulando la pelota por las rendijas, haciendo ver mal a unas chivas anonadadas que a nada estuvieron de hincar una rodilla y rendirle pleitesía; Guiñazú estuvo imponente, metiendo miedo con su corte de mohicano a cualquiera que se le arrimara en medio campo. Con ellos dos a punto, Inter no desesperó cuando no obtenía renta dada su clara hegemonía, incluso cuando se vio en desventaja tras una genialidad suprema del hijo pródigo local. Seguro de su juego, controlador absoluto de la pelota, fiel a su renglón, el Inter sólo necesitó que las cosas tomaran su línea para voltear el marcador.

El dictamen chiva era claro: había que sacar ventaja para evitar dolores de muela en la vuelta. Real sacrificó a Araujo a favor de Arellano para buscar las bandas y la velocidad endemoniada que permite el pasto sintético del Omnilife (qué nombre tan ridículo). Ante tal concepto, las chivas se olvidaron que también había que quitarles la bola a los brasileños. El arma se les terminó volteando. Arellano inició y terminó correteando a Ney, su supuesto marcador, en varias ocasiones lo hizo en plenas barbas de Michel. El catarro inicial se fue convirtiendo en neumonía ante la incapacidad de Mejía por hacerse ver en zona media. Ni cuando Báez y De la Mora recorrieron diez metros para auxiliarlo fue capaz el canterano de asomarse ante el rústico Guiñazú. Fue un llamado desesperado para que llegara la caballería; pero Real se resistió hasta que al chico sólo le quedaba la bayoneta. Entonces, sobre la yerba, ya estaba todo decidido.

Hay dos formas de desequilibrar en el fútbol: una es por habilidad y la otra es por superioridad numérica. Los brasileños arrastran una tradición de virtuosismo estético. La forma que requería el Guadalajara para controlar el juego era la segunda, en todas las zonas del campo. Para eso se requiere concentración absoluta y una destreza física a prueba de balas. Cuando los brasileños notaron que a pesar de su espanto escénico su rival corría como mulo cerrero, decidieron jugar la bola a primer toque. Ante velocidad y eficacia no hay defensa. Las chivas corrían porque la localía los obligaba, pero el balón estaba siempre a cinco metros, inasible, y ya se sabe de lo que son capaces los brasileños con la bola cocida a los pies. Primero avisó Kleber, en un tajo que hizo por la izquierda de la defensa chiva, donde Ponce anduvo delusorio. Después un disparo de castigo que pateó Alecsandro con la última reserva (pateó tan fuerte que tuvo que salir lesionado). A medida que transcurría el juego, el visitante lucía más cómodo. Se respiraba tensión en el Omnilife (tan ridículo).

Cuando más encimaba Inter, apareció Bautista para aquietar las aguas. De la Mora tomó un balón en tres cuartos de cancha y levantó la cabeza. Tenía dos opciones: Bravo se le abría por derecha y Bautista llegaba por el centro. De la Mora le mandó una pedrada al segundo, un centro sin destino que aparentó un mero desprendimiento de balón; pero el Bofo lo vio venir y aceleró inusitadamente para meterle un cabezazo desde fuera del área y clarear a Renán. Soberbio. El primer gol en la nueva casa no pudo ser más rimbombante. Tampoco podía ser de otro que no fuera Bautista. Esa fue la única noticia que dieron las chivas. Después se tuvieron que tragar sendos goles de cabeza de Giuliano y Bolívar. Justo premio a la insistencia brasileña.

lunes, 26 de julio de 2010

El del estribo


El Guadalajara rompió su inquilinato con el Jalisco. Cincuenta años después de su primer duelo, adonde llegaron porque el Parque Oblatos ya no les alcanzaba, las Chivas, más locas que en aquel entonces, se mudaron de nueva cuenta. El nuevo estadio, construido por un hombre que no sabe qué hacer con su dinero, lleva un nombre ridículo: Omnilife. En esa cosa jugará desde ahora el equipo más popular del fútbol mexicano, un entramado ultramoderno, con 45000 asientos, dotado de pasto sintético y muy alejado, geográfica y económicamente, de la clase media baja tapatía, a quienes en buena medida se debe lo que ahora es el Guadalajara.
Apostado en su lengua de embaucador, Vergara hace lo que se le antoja con las bases sociales, los seguidores eternos del club. No quiere ya un equipo de albañiles y comerciantes, que muy modestamente veían al equipo cada mes; anhela consumidores profusos, juniors con cartera ancha, y esos sabe muy bien dónde encontrarlos. Le importa muy poco si estos nuevos aficionados saben de fútbol. Es como un círculo vicioso: tú me das dinero y yo te doy la oportunidad de sacar tus rencores sociales. Esto es el nuevo Guadalajara.
El sábado, en el Jalisco, después de 90 minutos insufribles, ante un Puebla que le encanta vivir del victimismo, y donde quedó de manifiesto la merma ofensiva que queda en el redil luego de la marcha de Bravo y Hernández, las 30000 almas rugían a una sola voz: chivas, chivas, chivas. Era el grito guardado, sacado a rajatabla, exultado como bandera de dictamen, pero también escupido con rabia, con coraje y desprecio a una directiva ignorante. ¡Que alguien le vaya a contar a Vergara por qué el Madrid no abandona el Bernabéu! ¿Qué será de Bautista y de su tibieza mental ahora que no pisará más el Jalisco, el estadio que le forjó gloria?
El sábado, el Bofo mostró que no está para dar soluciones; habilitado como segundo delantero deambuló a trote torpe, incapaz de recibir y darse la vuelta y nulo tanto por pies como por aire. Estrelló un balón en el poste, cuando ya todos cantaban gol, y tuvo que quedarse en la yerba simulando un golpe porque la vergüenza no lo dejó pararse. Medina golpeó un balón interesante al inicio del juego, pero se notó que su inactividad mundialista lo mandó a pantanos de los que quizá ya no flote. Bravo protagonizó otra despedida. Fue el Bravo de siempre, el que corre como esteta y erra como canterano. Arellano se entrecomilló solito, como desde hace buen tiempo. Michel Vázquez, la nueva piedra por pulir, demostró que su titularidad todavía en muy forzada. La infantería estuvo aceptable. Pero no se le puede pedir a Araujo o Báez que tomen responsabilidades que otros deslindan. A semejante tacañería, el Puebla no abonó al buen fútbol. No tiene tampoco con qué. Las migajas que recoge cada torneo con la esperanza de revivirlas se empecinan por un fútbol resultadista. El partido se murió de nada. El Guadalajara nunca volvió la cara a los palcos, donde aguardaban sus leyendas. Al término del duelo, cada una fue desfilando alrededor del círculo central, forzadas a comparecer en una ceremonia mediática. El Jalisco vio por última vez a los Reyes y los Chaires y los Villegas y los Ponce y los Calderón y los Galindo juntos, y tantos otros. Las treinta mil almas no agradecían al final al equipo actual, se pararon y aplaudieron a los antiguos, los que forjaron esa cosa que se conoce como Campeonísimo.

lunes, 12 de julio de 2010

Por el camino de Santiago, España


España ha encumbrado a su generación dorada. Dieciséis años después del codazo de Tassoti, ocho de aquel árbitro infumable contra Corea, España ha dejado de ser el equipo preparatoriano que reprobaba siempre el examen final. Ayer, con el protocolo de ser la escuadra que mejor sabe de este deporte, se asentó en el Soccer City para reclamar su pedazo de gloria. Se graduó con honores, teniendo enfrente a la eficaz Holanda, un equipo al que el fútbol le debe un verano en el Caribe.
Eso no le importó a los chicos de Del Bosque que, desde el inicio del juego, se lanzaron sin objeción por la pelota, sabedores de que con ella engrapada a los pies, son capaces de realizar cualquier cosa. Así lo avisó Ramos apenas al minuto cinco, pero su cabezazo meteórico lo alcanzó a arañar Stekelenburg. Con la banda achaparrada española controlando el juego, Xavi a la cabeza, Holanda tuvo que recurrir al recurso sucio. Aparecieron entonces los cortes de juego, las faltas reiteradas, la insistencia en hacerse notar en base a la superioridad física. Cuando España se cansó de recibir candela, y ante la mirada ridícula de Webb (cuya actuación corona a este mundial como el peor juzgado, razón suficiente para que la FIFA deje de lado su retraso tecnológico), decidió tirar de su infantería. La cosa se volvió entonces una reedición de la guerra de Flandes. Xabi Alonso recibió una patada brutal en el esternón; Busquets en la entrepierna; Van Bommel afilaba los cuchillos. Ante la torpeza arbitral (Webb nunca entendió qué es eso de la ley de ventaja), Robben se desentendió de la carnicería para tirarse a la banda. Desde ahí comenzó a inquietar a Capdevilla. En un cobro de esquina, el del München le puso medio gol a Van Bommel; éste pateó mal, aun así, la bola quedó quieta a los pies de Mathijsen, que nunca esperó el regalo y abanicó. Holanda mostraba que sin la bola, y con Robben en punta, se sentía muy cómoda. La zurda de Robben probó en dos ocasiones a Casillas.
El partido siguió en su línea dura, con Webb repartiendo amarillas y Van Bommel sin ablandar los bíceps, hasta que Del Bosque vio que por ese camino no llegaría a ninguna parte e hizo ingresar a Navas. Antes de que el chico se hiciera notar, la zurda de Robben tuvo la gloria frente a Casillas; en una habilitación precisa de Sneijder, el del München se encarreró hacia Casillas con varios metros por delante; era el gol del título y Robben hizo todo para conseguirlo; fintó dos veces, Casillas se tiró a su izquierda, vencido, y Robben pateó al otro lado. Pero el pulpo había predicho a favor de España; Casillas alcanzó a sacar el último tentáculo y desvió con el pie a tiro de esquina. De rodillas, Robben colocó sus brazos sobre la cabeza: sabía que había perdonado la grande. Minutos después, en un desborde de Navas, Villa tuvo el suyo. Heitinga, desde el suelo, alcanzó a meter el empeine para recomponer el esperpento que había cometido previamente.
El partido entró en la fase definitoria, se respiraba la tensión. Con los decibeles a tope, la cosa se volvió en sunto de acierto-error. Y fue Ramos quien la tuvo, en una calca del gol de Puyol contra los alemanes, pero su cabezazo pasó dos metros encima de Stekelenburg. Después, apareció Iniesta, en una jugada con Xabi Alonso; el manchego nunca pudo encontrar el espacio para regatear por derecha, su perfil. Iba a ser Robben, sin embargo, el que tuviera a Casillas otra vez a merced, en una carrera de locos que le ganó a Puyol. Iker la definió tirándose a los pies del holandés. Los minutos finales evidenciaron el miedo de ambas selecciones en ir a la carga.
Tuvo que llegar el tiempo extra para que España volviera a encontrar su juego. Fábregas e Iniesta perdonaron increíblemente en sendas jugadas. Sacando sólo agua del pozo, Heitinga se tuvo que gasta su segunda amarilla. Entonces Del Bosque quemó su última canica y le dio entrada a Torres. El del Liverpool sólo iba a corroborar su ausencia. Pero a tres minutos del final el balón, luego de ir quedando en botas españolas por mera circunstancia, en rechazos tibios holandeses, cayó por fin botando en el área donde ya Iniesta se relamía. Recordando su gol en Stampford Bridge, el manchego se llenó de pelota y definió el juego. Luego corrió como loco y se quitó la camisa; debajo de ella, traía una leyenda que recordaba a su amigo Dani Jarque, fallecido un año atrás en la soledad del cuarto de su hotel. Webb silbó el final. Casillas se tiró a la yerba en llanto. Los jugadores de banca corrieron a abrazarlo. Sabían que todo se lo debían a ese castellano.
Grande, España.

sábado, 10 de julio de 2010

Puyol, el último de los hidalgos


España ha hecho bueno el paseíllo. Tuvo que colocarse en semifinales, donde aterrizó por mera circunstancia, para quitarse el overol y enfundarse el traje de gala. Entonces, teniendo enfrente a la portentosa Alemania, que asusta sólo por su historia, recurrió al juego que el mundo le admira. Unos futbolistas desgarbados, pidiendo siempre la pelota, tocándola con ingenio y presteza, a veces hasta con cierta ternura, como si se arrepintieran de golpearla, vulneraron a un acorazado que venía liquidando al son de cuatro goles. Ante el imponente juego filisteo, Del Bosque recurrió a los chicos que se divierten juntando piedras en el río. Fue una medida sagaz, consciente de que esos chicos son casi homogéneos, y que cuidan la pelota como si se tratara de un dulce ganado con enorme esfuerzo. Sin la bola, Alemania cayó en un cortocircuito, a merced de la honda española que giraba y giraba y no lograba asestar el golpe.
Alemania se mantuvo a pie firme, ayudada por la precipitación de los españoles. ¿O es inocencia? De repente da la impresión que estos davises se divierten tanto, disfrutan de tal manera del toque del balón, que no se atreven a marcar goles porque eso les interrumpiría el placer. Más que un equipo de fútbol, España semeja al pintor que se resiste a dar la pincelada final porque queda embelesado contemplando su obra.
Así se fue el primer tiempo, a pesar de que el tal Schweinsteiger se desprendió de su armadura y sacó el coraje para echarse al río a buscar sus piedras pulidas. Pero cuando parecía que la cosa llegaba a los tiempos extras (España perdonando una y otra vez; Alemania buscando un fútbol rudimentario, antítesis del que venía exhibiendo), apareció el hijo de algo, el hombre que defiende las tradiciones (y esta España estética alguna vez fue furia), y al grito de viva el rey y la sacra iglesia católica se levantó hasta la colina más elevada de la Sierra Morena, la misma donde otro hidalgo jugaba a reconciliar al amor, para cabecear un saque de esquina y definir la batalla de Durban. Tuvo que ser Puyol, ningún otro, el hombre más limitado con la pelota en los pies, y uno de los que cuenta menos centímetros, señal de que no se anda con esteticismos. Así, España resolvía a favor su primera semifinal de copa del mundo, por más que tuviera que recurrir a Casillas en las últimas embestidas filisteas.
España abandera el fútbol coral, el que hace que uno se desborde de gozo. Pero mucho, si no es que todo, se lo debe al Barcelona. El 7 de julio de 2010, en Durban y contra el acorazado alemán, había seis chicos paridos en La Masía.

viernes, 9 de julio de 2010

La pragmática Holanda


Holanda tomó cosecha, muchos años después. Guiada por Van Marwijk en el banquillo, un técnico calculador, que no se avoraza con su baraja ofensiva, y en la yerba por Robben y Sneijder, un binomio exquisito. Así enfrentó a la aguerrida Uruguay (salida casi de una novela de caballerías) y no le importó, a pesar de la ventaja al menos en cuanto a nómina, jugar en favor de la eficacia, intentando abrazarla, dejando en el diván el prestigio de fútbol estético que arrastra desde que a unos chicos se les ocurrió obedecer a un tal Cruyff.
En esa sintonía, Robben y Sneijder hicieron los goles, precedidos por el de Van Bronckhorst, el más bello del mundial, un zurdazo impecable que cruzó la meta de Muslera como un meteorito. Luego, por más que el rubio Forlán empatara momentáneamente con otro de sus obuses (él, único futbolista que entendió cómo había que golpear este jabulani; Khune, Kingson y Stekelenburg lo atestiguan), los holandeses se tiraron a la hamaca, a adormecer un juego que, al final, sorprendidos por los incansables uruguayos, bien pudieron perder.
La epopeya charrúa sólo alcanzó para el gol de Pereira. Pero cuando los balones suramericanos buscaban la cabeza de Abreu, en la prórroga, Fernández tuvo el empate y no se animó a cristalizar la hombrada.
Fue un resultado esperado. Uruguay llegaba muy diezmado tras el sacrificio de Suárez. Sin compañero, Forlán entendió que la cosa recaía sobre sus espaldas. Respondió hasta donde pudo; terminó fundido. Tabárez lo reemplazó y mandó la señal a Marwijk de que aceptaba la derrota. Gran estratagema. El holandés retiró del campo a sus generales y la cosa se le puso a punto de ebullición. No hubo lamento holandés. Uruguay, sin embargo, demostró cómo se compite cuando se cuenta sólo con hombres sin currículum, pero dispuestos a partirse el alma por revivir las glorias añejas. Irreprochable, Uruguay.

miércoles, 7 de julio de 2010

Yo, señores, soy de Castilla


España está en semifinales. Para eso, tuvo que dominar su eterno horror a los cuartos. Cuando todo se ponía agónico, como contra Italia en la pasada eurocopa, apareció el guante de Casillas. El madridista se paró en medio de su meta a recomponer lo que Piqué estaba por echar a perder. Enfrente, en el punto penal, tenía a Cardozo, un delantero que no encandila. El paraguayo pateó a la izquierda, bajo, donde Casillas ya le esperaba. A partir de entonces, y sólo gracias a su capitán, la España de Del Bosque se acordó que sabía hacer cosas con la bola pegada a los pies.
Antes, Paraguay controló el juego, cortando los canales comunicativos españoles. Sin Senna, un contención que permitía a Aragonés mantener dos volantes ofensivos, España precisa de Busquets y Xabi Alonso para mantener el balón. Paraguay llenó de piernas el medio campo. Barreto y Riveros comenzaron a encontrar a Valdez, aunque no de forma continua. En una de ellas, sin embargo, el delantero se fabricó un gol. Batres decidió anularlo, alegando fuera de juego. España salía ilesa de su temblorina inicial. Con un Iniesta extraviado y un Torres extendiendo su campaña raquítica en el Liverpool, los de Del Bosque no lograban inquietar a Villar. Apenas Piqué y Puyol montaban barricadas para defender los empellones de Valdez. El juego se volvía demasiado cómodo para los suramericanos; en su hábitat, dejaban transcurrir el tiempo sin preocuparse demasiado en ofender. Así encontraron, casi sin buscarlo, un penal a favor. Piqué se colgó de la mano de Cardozo, como si se tratara de lucha olímpica, y éste decidió cobrar la afrenta. Casillas, el castellano, le iba a negar la gloria.
Casi de inmediato, Batres emparejó las cosas. Un penal sobre Villa, que sólo él vio, decidió convertirlo en un zafarrancho. Cobró Xabi Alonso y acertó, pero tuvo que repetirlo. Entonces paró Villar. La jugada posterior arrojó otro penal sobre Cesç que Batres, emocionado por la parada del meta, se negó a marcar. En unos minutos, el partido daba señales de arritmia.
Aprovechando la efusividad guaraní, a diez del final, Iniesta tomó el balón para no soltarlo. Se metió como bisturí, haciendo un tajo en la defensa paraguaya, y sirvió a la llegada de Pedro. Éste pateó al palo y ahí, esperando la piñata, estaba Villa. El tiro volvió a pegar en el poste y recorrió la línea para golpear al otro y meterse. Santa Cruz tuvo el empate, pero Casillas, el castellano, se mantuvo inexpugnable.
España no encontró el toque coral; eso, en estas instancias de copa del mundo, parece más un capricho.

martes, 6 de julio de 2010

Volver, con la frente marchita


Argentina pagó caro la ceguera de Maradona. Le había advertido México en un juego que debió sufrir más, pero Diego no recompuso. Se mantuvo empecinado en dejar solo a Mascherano, como si el contención tuviera, por sentencia de D10S, la misma virtud multiplicadora de los panes. Mascherano terminó fundido, correteando a todo mundo, varios metros detrás de las ágiles y contundentes piernas de Özil, Müller, Khedira y compañía. Fue un suicidio frente a Alemania, que tomó plato y pinzas y paró a servirse del bufet maradoniano. Cuatro goles, signo de superioridad inexcusable. El primero, apenas a los dos minutos.
Diego no entendió que este mundial no era de pleitesías. Derrotado Rooney, Kaká y Cristiano, apostó todo a Messi. Éste se creyó iluminado, el mismo D10S venía a ungirlo como el salvador del fútbol. Messi tomaba la bola y se volvía a ver a Diego; Messi encaraba y remataba a puerta y buscaba otra vez la reacción de su protector; Messi deambulaba en la yerba, desesperado a veces, y buscaba con quién realizar paredes, y siempre miraba de soslayo a esa cara de barba entrecana, como si buscara una aprobación. Más pragmático que Diego, formado en la escuela europea, Messi comprendió que algo estaba mal en la media cancha. Entonces, por su visión profética, decidió tirarse a ayudar a Mascherano. Era un intento de contagio a sus compañeros, de mostrarles la parte de terreno que debían ganar, pero Messi terminó recorriendo desiertos, solo, en su destino de profeta ninguneado.
Sin centrocampistas, y con una defensa bastante vulnerable, Argentina no tenía más que atenerse a la pegada de sus delanteros. Schweinsteiger y Lahm se encargaron de dejarlos aislados. El partido estaba puesto para la voracidad teutona. Klose selló dos estupendas jugadas colectivas. Friedrich, el central, ante las narices de Huguaín, cosa anómala, puso la pierna para terminar una jugada bestial de Schweinsteiger.
El fútbol encumbra a quien se lo merece, se puede pensar. Pero no lo hace dos veces. En el momento en que Maradona, al iniciar los partidos, hacía un ligero doblez de rodilla y se persignaba, estaba condenado a no volver a ser D10S.

lunes, 5 de julio de 2010

Si te llaman el loco


Uruguay tumbó el sueño africano. Primero, con las manos de Suárez en el último minuto de la prórroga; después, con el larguero de Muslera; y al final, para sellar el partido con colofón épico, como exigían los griegos, con el penal de Abreu, picado a la Panenka.
Era el duelo de los patitos feos, aunque Uruguay hace mucho que dominaba este deporte, y terminó siendo el partido del mundial, vibrante, de carreras de caballos, un ida y vuelta estupendo en los 120 minutos, donde ninguno reservó el hígado. Al inicio dominó Uruguay, que aprovechó la carga excesiva ghanesa de ser la única selección africana viva, pero no pudo acertar ante Kingson. Cuando los ghaneses vieron a su meta inmune ante el vendaval, pero nada confiable, se animaron a mostrar gallardía y llevarle algunos cuantos impermeables. Fueron meras faltas tácticas, reacomodos defensivos, que le supieron a gloria a Kingson después de haber soportado el envión inicial charrúa.
Suárez, embalado con el gol, lo buscó por todas partes. Esta vez, sin embargo, su protagonismo iba a estar del otro lado, en su propia puerta. Para eso se necesitaba que Ghana se curara del espanto. El inflexible Boateng, el hombre que lleva tatuado el orgullo africano, tomó entonces el balón y encarreró a los suyos. Muntari y Gyan recibieron el aliento y, llevados por el silbido de las vuvuzelas, se acordaron que el mundial se jugaba en África. Fue cuando Uruguay comenzó a ofuscarse. Lugano claudicó en el momento en que Muslera veía desfilar a la turba ghanesa. Scotti entró a nadar en río revuelto. El asedio era tanto que los nervios traicionaron a Muslera en un tiro lejano de Muntari. Diez munutos después, Forlán, casi huérfano de Suárez, tuvo que demostrar el pedazo de delantero que es. Se fabricó una falta al borde del área y la pateó con la misma rabia con la que llevó al Atlético a campeonar en Europa. El jabulani se le movió a Kingson que veía, desde el suelo, al delantero rubio correr con las manos alzadas para festejar. El relente que despedía Forlán con su figura encandiló inmediatamente a la defensa africana. Pero Juárez, reservado para otros quehaceres, no conseguía aprovechar las asistencias del rubio.
Llegaron los tiempos extras y los dos equipos se lanzaron a la yugular. Tabárez metió a Abreu para defender por arriba; Rajevac aventó a sus últimos toros, Appiah y Adiyiah. Uruguay salvó a Muslera con los riñones de Fucile y la ubicuidad de Victorino, que parecía rehilete en movimiento. A un minuto del final, sin embargo, Uruguay tuvo que sacrificar a Suárez para salvar momentáneamente el pellejo. En una jugada a boca de jarro, tras varios rebotes dentro del área, Adiyiah mandó a puerta; Suárez, en la línea, tras ver caer al aguerrido Fucile, decidió alargar la agonía de la garra charrúa y paró el balón con las manos. Bequerença cobró el penal y expulsó a Suárez, que se hizo el desentendido y se quedó a ver el cobro a la entrada del túnel. Gyan, tirador oficial, tomó la bola e hizo un tiro casi impecable, pero el balón se negó a bajar dos centímetros y rebotó en el larguero. Suárez brincó de gusto. Gyan se tapó la cara con la camiseta. El Soccer City quedaba en un espasmo, en silencio total.
Fue el mismo Gyan quien tomó la batuta en los penales. Pero su ejemplo no fue seguido por Mensah y Adiyiah que, golpeados por el fallo de su compañero, entregaron el balón a Muslera. Ahí fue cuando apareció Abreu para patear el decisivo. Cuando vio la falla de Adiyiah se desprendió de sus compañeros y tomó camino con la cara alzada hacia la portería. Su paso seguro hizo pensar a Pérez lo que todo el mundo sabía excepto Ghana. "Lo va a picar", dijo. "No, que no lo pique", suplicó Forlán mientras abrazaba a un compañero que estaba de rodillas. Abreu colocó el balón y dio unos pasos hacia atrás; aventó el último soplido antes de encarrerarse a su cita con el destino. La bola salió suave, inocente, apenas golpeada por Abreu; Kingson, desde el suelo, comprendía por qué a ese tipo con cara de Jesucristo le apodaban el loco.

viernes, 2 de julio de 2010

¡Bendito fútbol!


Ya no más, sargento. Nao mais. No funcionó su disciplina militar. En el que quizá sea el peor mundial de la historia, en cuanto a calidad futbolística se refiere, hoy surgió de entre la basura una noticia determinante: ha caído el Brasil del sargento Dunga. ¡Bendito fútbol! Brasil se obliga desde ahora a no menospreciar su pasado. No más al doble pivote. No más al juego sucio y deslucido. Aparece en el horizonte, después del fracaso surafricano, una canarinha distinta, la del bailecito paulista y las filigranas. A no sea que se quiera seguir en viacrucis, la verde amarelha está obligada a recuperar su esencia.
Es a la Holanda de Robben a quien le debemos este favor. No por su fútbol, que vaya que lo tiene, y en especial ese chico calvo, sino por dos balones consecutivos al área brasileña, insípidos, que provocaron el espanto y la precipitación de Julio César. En el primero, el meta decidió salir a cortarlo teniendo en frente la cabeza de Felipe Melo, a quien casi desnuca: el balón, tras desviarse en el cráneo de Melo, siguió su línea con dirección a puerta. En el segundo, Julio César, petrificado por la tontería reciente, se amarró en su arco en un cobro de esquina que aprovechó Kuyt para prolongar y encontrar la cabeza de Sneijder. Dos goles prevenibles, ridículos para el orden defensivo brasileño. Pero por más presumía Dunga a su equipo, fue por donde terminó cobrando el destino su eliminación.
No mereció ganar Holanda; tampoco Brasil. Ambos se trabaron en un juego de pesadilla, miserable, irresponsable para la calidad de los veintidós en la yerba. Si algo hizo Robinho fue recibir un balón de Melo en el área por el minuto diez y empalmarlo de media vuelta para abrir el marcador; después se la pasó peleando con todo mundo, abriendo su boca de labios gruesos para reclamar las más absurdas nimiedades. Kaká tuvo que pagar el destino opaco de las estrellas, al igual que Rooney y Cristiano. Luis Fabiano demostró que es menor que Adriano, por más que a éste le guste retratarse con pandilleros y porte veinte kilos de más en el estómago. Del otro lado, Sneijder apareció oportuno en las dos jugadas determinantes; pero más llevado por circunstancias. Robben ha hecho tan bien las cosas últimamente que los defensas brasileños se hartaron de ver videos donde aparecía el holandés haciendo lo mismo, su encaro, su recorte y su búsqueda impetuosa de pegar siempre con la zurda; Lucio, que hasta en los entrenamientos del Inter lo ve hacer lo mismo, hoy no le dejó espacio. Van Persie fue el chico deslumbrante con piernas de futbolista pero que nunca logra nada.
Ante tamaña racanería, el fútbol se reveló en Puerto Elizabeth. La máquina defensiva montada por Dunga caía en dos centros risibles. Esos goles, sin embargo, esconden una sentencia. No puede Brasil seguir haciendo un fútbol que lo niega a sí mismo.