Cuando les pregunatron a los federativos estadounidenses, aquel verano de 1994, previo al duelo de octavos de final de su mundial, que si estaban en posibilidades de ganarle al Brasil de Romario, que a la sazón se enfrentaban, serenos dijeron que en ninguna forma, que ellos aspiraban a ganar el mundial de 2010. A un año de que se cumpla la meta, los yanquis llegaron a Sudáfrica y estuvieron a nada de salir por la puerta trasera, tras dos goleadas iniciales; pero a costa de Egipto se levantaron y lograron su boleto a las semifinales de esta copa Confederaciones, donde amortiguaron a España arrancándole un invicto de 35 juegos.
En plena final, quizá inesperada por ellos mismos, los americanos arrancaron el partido ganándolo a los diez minutos, ante el Brasil más europeo que se haya visto. Incapaces los cariocas de desarrollar su fútbol recurrieron a las tretas europeas, juego de choque y explotación del área enemiga. Hasta allí tuvo que llegar Lucio, casi al final, para rematar un tiro de esquina que se iba en una parábola preciosa; un gol que puso las aguas quietas luego del imprevisto golpeteo americano del primer tiempo. Porque Estados Unidos había finalizado el primer lapso ganando 2-0. Primero con un centro chorreado, que logra Dempsey cachetear como no queriendo y se introduce preciso al rincón derecho de Julio César; luego en un contraataque fulminante, de los que saben hacer, ni mandado pedir, que Donovan convierte en un arranque de virtuosismo, recorta luego de recibir al último defensa brasileño y sólo coloca a la salida del meta carioca. Un 2-0 que traía el recuerdo de la reciente caída de España.
Pero Brasil salió al complemento dispuesto a comerse el partido, y a los treinta segundos ya Fabiano colocaba el descuento; curtido en Europa, el brasileño controló un balón fuera del área y a media vuelta golpeó abajo, lejos de Howard, que ya para entonces se agigantaba. La embestida brasileña siguió en busca del segundo, y llegó, cuando Kaká ramató de cabeza un centro a segundo poste y el meta americano sacó de adentro. El gol, sin embargo, no lo hizo válido el silbante. Tuvo que venir otra vez Fabiano, cuando ya le desesperación comenzaba a jugar de lado de los estadounidenses, para poner las cosas parejas. El gol de Lucio ya era cuestión de tiempo.
Queda el partido como sabia lección a los americanos, que fueron vencidos por su misma arma, y que no supieron cristalizar, tan acostumbrados que están en hacerlo, a la hora buena un marcador ventajoso; el partido les pintó ideal, con un 2-0 y su contragolpe, pero fueron aniquilados por la presencia del pentacampeón del mundo. Si aquella vez los federativos americanos pugnaban por el mundial de 2010, hoy a la vuelta de la esquina, pueden estar seguros de que serán fuertes competidores en él, pero deben aprender a manejar partidos para aspirar a tal cosa, a veces se ven demasiado inocentes, aunque eso sí, su principal fuerza es el conocimiento de sus virtudes, las cuales explotan al máximo. Una lección igual para México, que los enfrenta en duelo decisivo el próximo 12 de agosto, que deberá saber aprovechar las limitantes de sus vecinos del norte, que son muchas.
domingo, 28 de junio de 2009
miércoles, 24 de junio de 2009
Estados Unidos pega la estocada.
La primera semifinal de la copa Confederaciones ha dejado una enseñanza seria. España llegaba con una resonada hilera de quince victorias consecutivas y jugando un fútbol vistoso, alegre, propositivo, elaborado y, por si hiciera falta algo, efectivo. Del otro lado estaban los obreros estadounidenses, que se habían colado de rebote, aprovechando la desfachatez de Italia. Y el resultado fue un 2-0, desfavorable a los españoles.
Administrando siempre la misma receta a sus vecinos mexicanos, siempre antes relegados por éstos en las grandes competencias, tal parece que los americanos se están acostumbrando a faltar al respeto. Hoy tenían enfrente a un equipo muy similar al mexicano, achaparrado, repleto de jugadores técnicos, ligeros y atrevidos. A eso opusieron su arma de sobra conocida, la que le valió la calificación a la Copa, el choque, la fuerza, la destreza mental. Su fuerza radica en que se conocen demasiado. Saben sus virtudes, que son pocas, y armonizan en conjunto sus sobradas limitantes. Atareados en la consigna de que es más fácil destruir que construir se plantan en una sólida y esforzada defensa, que así como se alardea comete a veces errores infantiles, para desplegarse luego en rápidos y letales contragolpes. Así le tiene tomada la medida a México, así se la aplicó hoy a España tumbando su fila de partidos invictos.
Los ibéricos fueron amplios dominadores del partido, una y otra vez se plantaron en el área de Howard, y una y otra vez fueron rechazados por esas torres que Bradley coloca en retaguardia. Sabiéndose superiores, los españoles no contuvieron su ímpetu luego de que aceptaran el primer gol en un error de Capdevilla; la definición hasta insulsa de Altidore vino a poner las cosas en su sitio: España atacaría en desbandada, campo favorable a la muy limitada ofensiva norteamericana. Más que jugadores capaces, los de Bradley semejan jugadores con suerte, no se apasionan, no sufren, siempre impávidos, mandando el mensaje que les da igual el marcador y luego atacan, o como que atacan, y su ofensiva suele ser letal porque tiene esa dosis de suerte. Un segundo gol a quince minutos del final, fabricado a trompicones, donde la dejadez de Ramos, tan criticado por Aragonés porque nunca aprendió a defender, pone el balón a modo para que el incansable Dempsey colocara el segundo. Poco partido para una respuesta ibérica que aun así no dejó de amenazar constantemente y con ocasiones claras la meta de Howard. Pero algo le faltó a España, el gol no le llegó nunca. No llegó porque el ataque español terminaba en servicios flojos, en centros a los que nunca aspiraba Torres o Villa, siempre escupidos por Onyewu y compañía, y porque el virtuosismo de los de Del Bosque llegó desenchufado, quizá porque ya se daban como seguros vencedores y llegaron a tramitar el partido para enfrentar al Brasil de Dunga.
Ahí queda el juego, con la enseñanza de que este fútbol global no admite rachas tan largas de partidos invictos, de que los partidos se ganan hasta que se juegan, y de que, y esto es lo más peligroso, a veces la técnica sucumbe ante la disciplina y la fuerza. Pero ahí queda también la armonía ibérica en tres decenas de juegos. Hoy España extrañó como nunca a Iniesta y Silva, sus volantes irreverentes.
Administrando siempre la misma receta a sus vecinos mexicanos, siempre antes relegados por éstos en las grandes competencias, tal parece que los americanos se están acostumbrando a faltar al respeto. Hoy tenían enfrente a un equipo muy similar al mexicano, achaparrado, repleto de jugadores técnicos, ligeros y atrevidos. A eso opusieron su arma de sobra conocida, la que le valió la calificación a la Copa, el choque, la fuerza, la destreza mental. Su fuerza radica en que se conocen demasiado. Saben sus virtudes, que son pocas, y armonizan en conjunto sus sobradas limitantes. Atareados en la consigna de que es más fácil destruir que construir se plantan en una sólida y esforzada defensa, que así como se alardea comete a veces errores infantiles, para desplegarse luego en rápidos y letales contragolpes. Así le tiene tomada la medida a México, así se la aplicó hoy a España tumbando su fila de partidos invictos.
Los ibéricos fueron amplios dominadores del partido, una y otra vez se plantaron en el área de Howard, y una y otra vez fueron rechazados por esas torres que Bradley coloca en retaguardia. Sabiéndose superiores, los españoles no contuvieron su ímpetu luego de que aceptaran el primer gol en un error de Capdevilla; la definición hasta insulsa de Altidore vino a poner las cosas en su sitio: España atacaría en desbandada, campo favorable a la muy limitada ofensiva norteamericana. Más que jugadores capaces, los de Bradley semejan jugadores con suerte, no se apasionan, no sufren, siempre impávidos, mandando el mensaje que les da igual el marcador y luego atacan, o como que atacan, y su ofensiva suele ser letal porque tiene esa dosis de suerte. Un segundo gol a quince minutos del final, fabricado a trompicones, donde la dejadez de Ramos, tan criticado por Aragonés porque nunca aprendió a defender, pone el balón a modo para que el incansable Dempsey colocara el segundo. Poco partido para una respuesta ibérica que aun así no dejó de amenazar constantemente y con ocasiones claras la meta de Howard. Pero algo le faltó a España, el gol no le llegó nunca. No llegó porque el ataque español terminaba en servicios flojos, en centros a los que nunca aspiraba Torres o Villa, siempre escupidos por Onyewu y compañía, y porque el virtuosismo de los de Del Bosque llegó desenchufado, quizá porque ya se daban como seguros vencedores y llegaron a tramitar el partido para enfrentar al Brasil de Dunga.
Ahí queda el juego, con la enseñanza de que este fútbol global no admite rachas tan largas de partidos invictos, de que los partidos se ganan hasta que se juegan, y de que, y esto es lo más peligroso, a veces la técnica sucumbe ante la disciplina y la fuerza. Pero ahí queda también la armonía ibérica en tres decenas de juegos. Hoy España extrañó como nunca a Iniesta y Silva, sus volantes irreverentes.
domingo, 21 de junio de 2009
La agónica Italia
La fase de definición de grupos de la copa Confederaciones enfrentó a dos equipos históricos. Uno era la Italia de Lippi, obsesionada en defender su calcio, su fútbol de siempre, que parece que entra en un serio cuestionamiento; el otro era el Brasil de Dunga, el que no enamora, el que explota casi a la perfección las dos áreas en detrimento de su fútbol vistoso. Llegaron ambos arrastrando la secuela de aquel enfrentamiento en España 82, cuando las huestes de Sócrates sucumbieron ante el oportunismo de Rossi; desde entonces Brasil está dejando paulatinamente de ser Brasil, y la Italia ha encontrado punto final a su estrategia defensiva, tan demeritada que ya ni defensas tiene. Aletargados en la marisma del campeonato del mundo, los italianos se están volviendo viejos, fiel reflejo de sus equipos en Europa, que ya tienen bastante sin alzar la mano.
Lippi volvió a Italia a recomponer lo que Donadoni estaba echando a perder, y recurrió a sus futbolistas, los que lo encumbraron a la cima en 2006. Pero los Pirlo, los Gatuso, los Cannavaro, los Buffon, los Camoranesi, los Zambrota ya dieron sus mejores aires, y su forma de juego está siendo pisoteada ante la descarga imprevista de los contragolpes puros, donde Robinho, Kaká y el fusil Fabiano se dieron festín hoy. Brasil salió a pasear, aprovechando la lentitud y la ubicación inédita del calcio italiano.
Primero fue una falla de Cannavaro, quien habilitó a Fabiano y el del Sevilla pateó con furia convirtiendo un tiro chorreado de Melo en una asistencia a gol, reacción oportuna del brasileño, que se regodea en la titularidad mientras Ronaldinho se relaja. El propio Fabiano marcó el segundo en un contragolpe perfecto, nutrido de velocidad, letal ante la floja reacción transalpina. Y como si hiciera falta sepultar el estilo de juego de la Italia, se tragó el tercero en un autogol de Dossena, símbolo el gol de la franca debacle azurra, que ya tiene que repensar su estilo. La derrota dejó a Italia fuera de la copa, en favor del disciplinado Estados Unidos, que con un sólo triunfo alcanzó las semifinales. Tan mal estará Italia que su sistema no le alcanza para meter un gol, el que a la postre hubiera sido el de la calificación, y su entranador se empeña a defender su calcio histórico cuando ya se ha quedado sin defensas, sin los hombres adecuados para llevarlo a cabo.
Lippi volvió a Italia a recomponer lo que Donadoni estaba echando a perder, y recurrió a sus futbolistas, los que lo encumbraron a la cima en 2006. Pero los Pirlo, los Gatuso, los Cannavaro, los Buffon, los Camoranesi, los Zambrota ya dieron sus mejores aires, y su forma de juego está siendo pisoteada ante la descarga imprevista de los contragolpes puros, donde Robinho, Kaká y el fusil Fabiano se dieron festín hoy. Brasil salió a pasear, aprovechando la lentitud y la ubicación inédita del calcio italiano.
Primero fue una falla de Cannavaro, quien habilitó a Fabiano y el del Sevilla pateó con furia convirtiendo un tiro chorreado de Melo en una asistencia a gol, reacción oportuna del brasileño, que se regodea en la titularidad mientras Ronaldinho se relaja. El propio Fabiano marcó el segundo en un contragolpe perfecto, nutrido de velocidad, letal ante la floja reacción transalpina. Y como si hiciera falta sepultar el estilo de juego de la Italia, se tragó el tercero en un autogol de Dossena, símbolo el gol de la franca debacle azurra, que ya tiene que repensar su estilo. La derrota dejó a Italia fuera de la copa, en favor del disciplinado Estados Unidos, que con un sólo triunfo alcanzó las semifinales. Tan mal estará Italia que su sistema no le alcanza para meter un gol, el que a la postre hubiera sido el de la calificación, y su entranador se empeña a defender su calcio histórico cuando ya se ha quedado sin defensas, sin los hombres adecuados para llevarlo a cabo.
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