jueves, 19 de agosto de 2010

Jalisco nunca pierde


Bautista cantaba las estrofas sórdidas del himno mexicano cuando de pronto quedó varado a mitad de una: la banda de música dejaba el cántico inconcluso e interpretaba, apoyada por las 60000 personas que llenaron el Beira Rio, el himno brasileño. Bautista, el cicatero, quedó pasmado y volvió la vista para mirar a sus compañeros. Entonces, viendo que ellos habían quedado igual en desconcierto, rompió filas y simuló calentar cuando todavía se escuchaban las notas brasileñas. El estadio enfureció; pero Bautista lograba su cometido: interrumpir la arenga al Orden y el Progreso. Así comenzaba el partido. Si Inter se preparó para amedrentar, enfrente tenía a un equipo irreprochable, dispuesto a llevar a los extremos la sentencia bíblica de la ley del talión.
La fortaleza mental del Guadalajara, sin embargo, estaba muy por encima de sus recursos futbolísticos. Sin Medina por lesión, y con un Arellano marchito, las chivas sólo apostaban al juego largo y a las locuras de Bautista. Del pelotazo tomó cosecha: Bravo bajó un balón para De la Mora y éste se aventuró una tijera casi ante la barbilla de Bolívar, gol imperioso, el que necesitaba el Rebaño para poner las cosas iguales; de Bautista sólo encontró inmundicia, apenas un disparo al palo que permitió el gol de Bravo cuando ya todo estaba definido.
El Inter fue siempre abrumador, paseó su autoridad de comandante con las piernas hambrientas de D’Alessandro y las sobradas de Tinga. Taison acumuló desbarajuste tras cada arremetida al sector izquierdo del Guadalajara, allí donde Ponce perdió inocentemente ubicuidad y Araujo nunca atinó a ayudarle. Con su ala izquierda en ruinas, Michel tuvo que buscar los cada vez más inquietantes disparos de Tinga. Injustamente abajo en el marcador, el Inter saltó al segundo tiempo directo a la yugular del Rebaño. Donde más seguridad mostraba el Guadalajara (en el centro, con el rústico Reynoso) apareció Sobis para anticipar a Michel tras una habilitación de Kléber y devolver la ventaja a los colorados. El golpe fue definitivo en los de Real, atenidos a la esperanza de jugar con la desesperación local y forjar los tiempos extras. Con la piñata quebrada, las chivas sólo se limitaron a que el saqueo no fuera descomunal.
El gol de Leandro surgió en medio del caos, cuando el Rebaño aventuraba con De la Mora por derecha: el chico perdió el balón y no tuvo más que aplaudir la carrera del brasileño. Leandro avanzó como caballo desbocado, desde su propio potrero, y enfrentó a Michel agradeciendo a los cielos la lentitud de Reynoso. ¡Oh, Vergara, qué profético te viste con la exclusión de Galindo! La novatez de De Luna la aprovechó Guiliano para marcar el tercero.
Pero todavía estaba el coraje de los himnos tronchados. Cuando Ruiz silbó el final, un chico de mantenimiento entró al campo para escupir a De la Mora. La televisión se fue con Bravo, soltando golpes aberrantes a las espaldas coloradas. Los interistas interrumpieron su festejo para amurallarse en posición de jab; pero el mochiteco y los suyos también saben de ese deporte. Ruiz tenía tanto espectáculo que no atinaba para dónde mirar. Jalisco nunca pierde, y cuando pierde arrebata: Bautista, el cicatero, quitó una de las muletas a Esparza y volvió al campo para amedrentar rivales. La televisión lo mostró enloquecido, los comentaristas argentinos aprovecharon para surtirlo. A ellos no se les olvida, Bofo, que alguna vez tú ridiculizaste a Boca. Lo de ayer, sin embargo, es deleznable.
Para el Guadalajara queda el equipo, la autoridad mostrada en Santiago, el juego por momentos eminente en el Jalisco en las instancias previas, y la sospecha, aunque a Vergara le tenga sin cuidado, de que algo distinto hubiera pasado si las chivas terminan la copa jugando en el Jalisco.

jueves, 12 de agosto de 2010

Chivas de corral

Hay finales de ensueño, donde se encuentran dos equipos tan poderosos como temibles, similares en su poderío entre ambos pero muy superiores a los demás. Como ejemplo recuerdo aquella final entre Toluca y Atlas, esplendorosa, llena de fútbol de alquimia, emocionante hasta el último penal que erró Estrada. Y hay finales heterogéneas, desiguales, donde se enfrentan un equipo claramente superior y otro que llegó ahí sólo porque Dios es grande. La de anoche en Guadalajara fue una de ellas.

Inter llegó al Omnilife (qué nombre de estadio tan ridículo) para apoderarse de la bola, dejar maniatadas a unas chivas de corral y llevarse un gol de colchón para la vuelta en Porto Alegre. Así de categórico. Para lograrlo apeló a sus dos hombres argentinos. D’Alessandro salió divino, circulando la pelota por las rendijas, haciendo ver mal a unas chivas anonadadas que a nada estuvieron de hincar una rodilla y rendirle pleitesía; Guiñazú estuvo imponente, metiendo miedo con su corte de mohicano a cualquiera que se le arrimara en medio campo. Con ellos dos a punto, Inter no desesperó cuando no obtenía renta dada su clara hegemonía, incluso cuando se vio en desventaja tras una genialidad suprema del hijo pródigo local. Seguro de su juego, controlador absoluto de la pelota, fiel a su renglón, el Inter sólo necesitó que las cosas tomaran su línea para voltear el marcador.

El dictamen chiva era claro: había que sacar ventaja para evitar dolores de muela en la vuelta. Real sacrificó a Araujo a favor de Arellano para buscar las bandas y la velocidad endemoniada que permite el pasto sintético del Omnilife (qué nombre tan ridículo). Ante tal concepto, las chivas se olvidaron que también había que quitarles la bola a los brasileños. El arma se les terminó volteando. Arellano inició y terminó correteando a Ney, su supuesto marcador, en varias ocasiones lo hizo en plenas barbas de Michel. El catarro inicial se fue convirtiendo en neumonía ante la incapacidad de Mejía por hacerse ver en zona media. Ni cuando Báez y De la Mora recorrieron diez metros para auxiliarlo fue capaz el canterano de asomarse ante el rústico Guiñazú. Fue un llamado desesperado para que llegara la caballería; pero Real se resistió hasta que al chico sólo le quedaba la bayoneta. Entonces, sobre la yerba, ya estaba todo decidido.

Hay dos formas de desequilibrar en el fútbol: una es por habilidad y la otra es por superioridad numérica. Los brasileños arrastran una tradición de virtuosismo estético. La forma que requería el Guadalajara para controlar el juego era la segunda, en todas las zonas del campo. Para eso se requiere concentración absoluta y una destreza física a prueba de balas. Cuando los brasileños notaron que a pesar de su espanto escénico su rival corría como mulo cerrero, decidieron jugar la bola a primer toque. Ante velocidad y eficacia no hay defensa. Las chivas corrían porque la localía los obligaba, pero el balón estaba siempre a cinco metros, inasible, y ya se sabe de lo que son capaces los brasileños con la bola cocida a los pies. Primero avisó Kleber, en un tajo que hizo por la izquierda de la defensa chiva, donde Ponce anduvo delusorio. Después un disparo de castigo que pateó Alecsandro con la última reserva (pateó tan fuerte que tuvo que salir lesionado). A medida que transcurría el juego, el visitante lucía más cómodo. Se respiraba tensión en el Omnilife (tan ridículo).

Cuando más encimaba Inter, apareció Bautista para aquietar las aguas. De la Mora tomó un balón en tres cuartos de cancha y levantó la cabeza. Tenía dos opciones: Bravo se le abría por derecha y Bautista llegaba por el centro. De la Mora le mandó una pedrada al segundo, un centro sin destino que aparentó un mero desprendimiento de balón; pero el Bofo lo vio venir y aceleró inusitadamente para meterle un cabezazo desde fuera del área y clarear a Renán. Soberbio. El primer gol en la nueva casa no pudo ser más rimbombante. Tampoco podía ser de otro que no fuera Bautista. Esa fue la única noticia que dieron las chivas. Después se tuvieron que tragar sendos goles de cabeza de Giuliano y Bolívar. Justo premio a la insistencia brasileña.