lunes, 24 de mayo de 2010

La décima


El Toluca presentó partido, pero gastó demasiado pronto su fuelle físico. Terminó sudando las tripas y aventando el páncreas y el muslo de Dueñas, y cuando se quedó sin armas, se atuvo a la buena de Dios, y al error ridículo de Vuoso, y estuvo en coma final en dos match point en la serie de penales; pero sacó el último empuje tras el penal de Novaretti, que Oswaldo tuvo en sus manos, y apostó todo a la presión del Nemesio Díez y al guante de Talavera, ayer otra vez imponente, para llevarse los penales, el partido y el décimo título de liga, séptimo en los torneos cortos.
Romano extiende a tres sus finales perdidas. Pero ninguna tan dolorosa como la de ayer. Tuvo el título una y otra vez, y en todas sus futbolistas fallaron, como si fueran cómplices de esa racha de mala suerte que lo sigue desde aquella tarde en que fue secuestrado. De todas, ninguna tan clara como la de Vuoso, a minutos de finalizar los tiempos extra; Peralta había hecho una jugada magnífica por la izquierda, dejando solo al argentino al borde del área chica; era cosa de un pase a la red, de chocarla nada más, pero el balón hizo un bote extraño antes de llegar a sus pies y Vuoso abanicó. Más sencilla no se podía. Romano se iba a jugar todo en los penales, conocedor de que había merecido ganar el título mucho antes.
Primero pateó Sinha. Acomodó el balón con el pivote apuntando hacia Oswaldo, para eludir un mal golpeo, dio unos pasos hacia atrás, pocos, su solvencia y su técnica le bastan, colocó las manos en su cintura y esperó el silbatazo. Enfrente, Oswaldo recorría la portería a sus costados, amagando, invitando al mexicano a tirarle a un lado. Nunca se ha distinguido el meta por parar penales, por más aspavientos que realice para intimidar a los delanteros. Así que bastaba un tiro colocado a los costados o potente por el centro. Eso hubiera hecho cualquier futbolista; pero Sinha no es cualquier futbolista. Con la mente puesta quizá en el mundial, y mandando el último mensaje a Aguirre, se dispuso a cobrar a la panenka. El balón salió suave, con una delicadeza y una pulcritud extrema; Oswaldo se tiró a su derecha, derrotado, pero desde el suelo alcanzó a ver que el balón bajaba, fino, con una cadencia inaudita, y se recuperó para, desde el suelo, alzar la mano y esperar que la bola la chocara. Sinha había fallado el primero.
El segundo penal lo cobró Rodríguez. El Chato no se anda con cosas. Disparó fuerte y abajo de Talavera; pero el meta había adelantado y lo paró. Archundia lo repitió y entonces Rodríguez decidió cobrar al otro lado. 1-0. El tercero fue cosa de Marín. Soberbio disparo sacó el chico a la horquilla derecha, imparable. Corrió al borde del área y se lo cantó a Oswaldo, hacía aspavientos, provocaba a la grada; luego fue a abrazar a Talavera, el meta tenía que parar el siguiente. Pero la bola estaba en poder de Ludueña, un tipo infalible. El disparo salió casi emulando al de Marín, a la horquilla. Mancilla estaba obligado a meter el suyo. Se decidió a media altura, cambiando el empeine al final por la parte interna, y allá apareció Oswaldo, desviando el disparo. Si Santos metía el siguiente, tenía casi el título en sus manos. Talavera hizo lo imposible por detenerlo, los mismos movimientos intimidatorios de Oswaldo, el mismo recorrido a los costados, la misma seña de brinco hacia delante mostrando estar listo, invitando al cobrador a tirar; pero Lacerda nunca lo miró y pateó a lado contrario. Era el 3-1. Romano se relamía en su banca. Por fin iba a lograr un campeonato.
La banca del Toluca era un muestrario de caras largas y resignación. Se aprestaba Novaretti para cobrar. Si fallaba, todo estaba perdido. Y el argentino llegó sin ganas, cobró casi cerrando los ojos, a donde saliera, a donde lo esperaba un Oswaldo engrandecido que metió la mano y detuvo el penal. Romano saltó en júbilo. De la Torre volvió la cabeza a su derecha. Pero el balón se metió en el fatídico puente del cuerpo de Oswaldo y rebotó en su espalda y tomó un camino agónico a la base del palo derecho y se metió. Toluca se salvaba. Ahora Vuoso tenía en sus manos lavar el error de hacía rato. Así es el fútbol de generoso. La grada escarlata comenzó a gritonear, aferrándose a la última esperanza, y la presión se comió a Vuoso. Mandó un tiro espantoso, chorreado, que se fue lejos del poste derecho de Talavera. Toluca vivía; pero las cosas seguían iguales de complicadas. Romagnoli acertó en su disparo y vino a darle nuevos bríos a la tribuna. En el último disparo, de Morales, la presión del Nemesio se encargaría de todo. Romano estaba incontrolable. Se le acababa de escapar el título en dos ocasiones. Lo que vendría después era casi lógico, como si estuviera escrito en alguna parte, como si la racha de mala suerte de Romano no fuera suficiente aún. Cobró Dueñas y acertó. El último penal, ya en muerte súbita, tenía que pararlo Talavera. Tiró Arce y Tala se tendió a su derecha para desviarlo, reclamando el rol protagónico que siempre se le había negado, siempre en la sombra, aguardando en las bancas, esperando una oportunidad como la de ayer. Cuando cayó, después de haberle parado el penal a Arce, se levantó y corrió a abrazarse con sus compañeros. Era su día.
En la banca del Santos, Romano se soltó en llanto, atravesó la cancha con dirección a los vestidores y se fue pidiendo explicaciones, maldiciendo a la suerte, a Vuoso y a la puta vida que le había tocado.

Capo cannoniere Milito


Al final no bastó Robben. El extremo se tiró a su banda, pegado a la raya de cal, y desde ahí cargó con el München. Chivu nunca lo vio; pero por más que el holandés escapara del rumano, en ocasiones haciéndolo ver terriblemente mal, no iba a encontrar un socio del otro lado. Con Ribéry suspendido, Van Gaal le cargó todo al holandés. Eso no incomodó a Robben; pero ni Altintop ni Olic supieron emular los movimientos de Ribéry. Solo, rodeado de piernas interistas, Robben no pudo superar la doble marca. Escapó una vez, en diagonal, y mandó su disparo al palo lejano, pero ahí estaba Julio César; escapó otra vez, metiéndose entre los músculos de Maicon, pero su centro se ahogó en un pase débil. Las torres que puso el Bayern al final, cuando los de Mourinho ya tenían decidido el juego, jamás fueron abastecidas. Ni un sólo centro por arriba. Poco amague para este Inter. Si Mourinho fue capaz de aguantar la baraja ofensiva del Barça, lo del München le resultó cosa de risa.
Dijo Van Gaal que la cosa se iba a resolver por un error-acierto. Robben llevó el partido a la banda, tuvo la pelota todas las veces, despedazó la defensa izquierda del Inter, pero nunca logró inquietar a Julio César. Sneijder, el otro holandés, reclamaba también rol protagónico. Dos disparos lejanos bastaron para probar que Butt no venía del todo fino. Este Bayern, asustado por una especie de desgracia que le sucede a Rummenige, su presidente, cada que tiene que definir cosas en el Bernabéu, mostró todo el tiempo ausencia de templanza. Era Lamh sin atreverse a cruzar su propio campo, era Van Bommel dismunuido por Cambiasso, era Van Buyten exhibiendo una lentitud imperdonable. Y todo apuntaba a que el juego se resolvía como había anticipado Van Gaal, hasta que Julio César tomó la bola y realizó un despeje. El balón le cayó a Milito y se apoyó con Etoo, éste le dovolvió la pared y dejó al argentino frente a Butt. Fue el primero. El Inter no necesitaría más.
Sin embargo, Milito tiene un hambre inconcebible. Se ha pasado toda su vida perfeccionando el arte de meter goles. En una recuperación en media cancha, los interistas desdoblaron. Fue otra vez Milito y Etoo, y parecía que el argentino le devolvía el favor al camerunés. No lo hizo, encaró a Van Buyten y le torció la cintura en un recorte por dentro, ni siquiera se volvió a mirar a Etoo, que entraba solo, disparó con la parte interna al palo más alejado de Butt. Estaba todo sentenciado. El Bayern no aspiraría a horadar la defensa de Mourinho. El Inter, sostenido por su capitán Zanetti, levantaba otra vez la orejona, cuarenta y cinco años después.

viernes, 21 de mayo de 2010

Hay final

Santos no abandonó las secuelas de la ya agónica escuela lavolpista y enfrentó el primer duelo de la final del Bicentenario con todos los ingredientes en el sartén. No escatimó Romano ni en táctica ni en tiempo. Cuando reconoció un punto flaco en la defensa y en el funcionamiento escarlata, lo utilizó quemando todas las cartas. Antes de finalizar el primer tiempo, cuando el Toluca había empatado tras efectivo y vistoso remate de Novaretti (cosa inconcebible), y Sinha tenía la pelota en sus piernas, controlando un partido que hacía recordar las finales añejas, Romano decidió meter a Ludueña. El argentino hizo ver mal por momentos a Sinha; pero nunca encontró el canal por donde descargar el fútbol de sus piernas. Tuvo que ser él mismo, recortando defensas al borde del área y abriéndose un hueco para tirar lejos de Talavera, a ras de suelo, donde duele, pero Tala se tendió formidable y alcanzó a arañar la pelota. En el suelo, el meta dibujó una sonrisa: acababa de tapar un disparo imposible. Oswaldo, en la portería de enfrente, volvió la cara donde uno de los fotógrafos haciendo un ademán con los dos brazos y encogiendo los hombros: tampoco él, que lo había enseñado, se explicaba cómo había parado Tala semejante disparo.
Pero la noche traería mucho, un gol precioso de Sinha y otra parada fenomenal de Tala. El Toluca había comenzado el juego apropiándose de la pelota. Pero Santos, sorprendido al inicio porque por fin alguien le proponía en el desierto, puso el primero tras un pase filtrado de Arce que controló Cárdenas dentro del área y el balón le quedó justo a Quintero; el colombiano entró en filo y definió por el resquicio que ofreció Talavera al primer poste. Toluca reaccionó con el gol de Novaretti, inesperado. Y logró ponerse en ventaja cuando era exhibido por el fútbol vistoso de los de La Laguna. En un despeje sin sentido de Dueñas, tratando de rebotar todo balón que cayera cerca del área roja, Mancilla lo recogió tantito más allá de tres cuartos de cancha; falló Baloy en la cobertura y el chileno avistó a Sinha que entraba solo por el otro lado. Sinha hizo lo de costumbre: controló el balón, burló con una finta a Lacerda y disparó con la zurda al rincón donde Oswaldo ya esperaba, pero el meta no pudo tapar el disparo.
Fuerte golpe para los de Romano. Sintiéndose dominadores abismales, se lanzaron por todo en los minutos finales. Ahí apareció otra vez Talavera. Quintero tomó de bolea un centro desde el punto izquierdo y lo mandó frontal a portería. Fue un tiro perfecto, tanto en técnica como en velocidad; pero Tala metió las manos por intuición pura y lo desvió por encima. Si no hubiera reaccionado antes, la velocidad se lo come. Quintero no entendió cómo aquella cosa no había terminado en gol. Fue tanta la insistencia del Santos, y tantas las armas de las que disponía (el equipo de la Laguna no puede jugar más ofensivo de lo que terminó el encuentro ayer), que tenía que llegar un gol, insípido, a empellones, pero gol a fin de cuentas. Vuoso lo firmó en un tiro de esquina. Empate merecido. Hay juego y hay final. El domingo se espera la espectacularidad a plenitud. La combinación lo asegura.

miércoles, 19 de mayo de 2010

A salto de mata


En lo que pareciera una calca de los partidos contra Vélez, el Guadalajara recurrió a la misma treta de sacar ventaja en casa (tres goles, conseguidos más a golpes de suerte que a base de buen fútbol)y jugar basura en la visita, perdiendo por dos goles y acabando el partido con el bendito en la boca. Pero eso le valió en las dos eliminatorias recientes para ubicarse en la semifinal de la Libertadores, donde, con equipo completo tras el regreso de los mundialistas y con la aparente llave fácil de enfrentar al ganador de la serie U. de Chile-Flamengo, se posiciona ya como fuerte candidato para llegar a la final, cosa que de los clubes mexicanos sólo el Cruz Azul ha logrado.
El Guadalajara llegó al Defensores del Chaco a exhibir un fútbol miserable, muy lejos del que logró en aquellas dos ocasiones cuando había alcanzado las semifinales de la copa, cuando, tras un 4-0 inolvidable en el Jalisco, llegó a la Bombonera para jugar con la soberbia xeneize y provocar la remoción del técnico, tras ridículo escupitajo en el rostro del Bofo. Esta vez llegó con lo justo, rechazando sin sentido todo balón que mandaba al área Libertad, que a falta de veinticinco minutos por jugarse, ya estaba a tiro de ballesta. No aprovechó el Guadalajara el arma que le provocó la comodidad en el Jalisco, el probar a Medina y a una defensa guaraní lentísima; se dilapidó encerrándose en las barbas de Liborio y sin una descarga de alivio al no colocar delanteros que ayudaran a retener la pelota. Así se la jugó Real. Demasiado arriesgue y demasiadas concesiones para lo que estaba en juego.
Libertad avisó desde el minuto uno que iba por todas, cuando obligó a Liborio a extenderse a ras de suelo y desviar la bola que ya amenazaba colarse. Respondió Bravo, mandando al poste una buena (la única)jugada colectiva. Cuando el cuadro guaraní se dio cuenta que tenía tremendas ventajas en el juego aéreo, convirtió el partido en cosa de centros y tiros de esquina. En uno de ellos llegó el primer gol, en una reacción desastrosa de la ddefensa tapatía, que no pudo rechazar un cobro malo a primer poste; el balón se coló por entre los ojos de todos y las manos tibias de Liborio. Era el minuto veinte, un mundo de tiempo por delante.
Pero las Chivas aguantaron el primer tiempo sin recibir más, a pesar de que cualquier balón insulso al área se volvía cosa de peligro. Pittoni y Gamarra se aprendieron el renglón y el nerviosismo de Liborio, que como ya está acostumbrando, va con gran facilidad de lo sublime a lo ridículo. Atrás, los delanteros paraguayos siempre encontraron la solvencia de Reynoso. Cuando el partido avanzaba, con unas Chivas decididas a no traspasar su propio campo, Libertad se la jugó copando de delanteros el área del rebaño; pero cuando no eran las fallas ridículas de defensas rojiblancos y de delanteros guaraníes, eran los guantes oportunos de Liborio los que evitaban más goles. Cayó uno más, porque era demasiada asfixia; pero los chicos del rebaño supieron capear el temporal, por más que aquello se convirtió en cosa de tiro al blanco.

lunes, 17 de mayo de 2010

Pan y circo

Torreón respira en estado de sitio. Las células de los cárteles de la droga han impuesto la ley marcial. Antier mismo, un comando armado hizo fuego con rifles de alto poder sobre la fachada del bar Juanas. Siete muertos. No importó la noticia. El Santos, el equipo de La Laguna, acababa de eliminar el mismo día al Morelia de la lucha por el campeonato del Bicentenario. Irónicamente, los de Torreón anotaron siete goles, uno por cada uno de los muertos.
El formato liguilla anuncia ya su etapa de muerte. Nada las justifica, ni el cacareado reembolso económico a los clubes. En cuartos de final se exhibió un fútbol sin sentido, equipos que murieron de nada. Tuvo que venir el Santos (ya en semis)para poner el fútbol que se supone debe aparecer en ellas. Le respondió el Morelia en el primer duelo; pero fue demasiado para los chicos de Boy en el segundo.
La debacle michoacana comenzó en el mismo partido de ida, cuando Romero, el jefe de la central, asestó una patada ridícula que el árbitro no vio. Pero la directiva santista pidió la inhabilitación en la mesa. Sin Romero, y con la decisión precipitada de Boy de alinear a Aldrete, recién recortado de la lista mundialista, el Santos encontró avenidas en la defensa monarca. Aldrete vio pasar a Estrada tantas veces que el asunto parecía ya carnaval. Cuatro goles consiguió el Santos por ese sector. Boy no reaccionó. Apostó más por la recuperación mental del chico recortado que por su equipo.
Todo le salió al Santos, hasta tres goles inconcebibles de Peralta, un delantero tan mediano que no había convertido un hat trick ni en interescuadras. Si para convertir un 7-1 se necesitan varios factores además de un juego excelso, el Santos los tuvo desde el minuto uno, cuando Arce cobró un tiro de castigo y logró techar a Muñoz. Después el equipo lagunero apeló a su fútbol práctico, y explotó la inclusión de Aldrete. Eso le bastó para promover una espectacularidad que relegó los asesinatos del bar Juanas. Pero tendrá que echar mano de su banca, donde aguardan Ludueña, Vuoso y Jiménez, para aspirar a ganar la final, donde ya le aguarda el Toluca.

domingo, 2 de mayo de 2010

Tiempo de manos flacas

El Guadalajara sorprendió a media semana al endilgarle tres goles al Velez en la Libertadores. Sorprendió por el tamaño del rival y por el fútbol miserable que venía desarrollando el rebaño en la liga local luego de la partida de los mundialistas. Fue un triunfo que vino a dar confianza para afrontar la fase final del Bicentenario. Pero enfrente estaba el Morelia, el mismo que recién lo ridiculizó en el Jalisco. Se esperaba poca cosa de estas Chivas, y si por un momento los de Real se supieron acomodar en el Morelos de tal forma que maniataron a los locales, las manos de Liborio vinieron a poner sobre la yerba el fútbol de cada cual. Se encarriló el Morelia al encontrar raquítica defensa en los guantes del meta; se desmotivó el Guadalajara y terminó pagando el atrevimiento de jugar dos torneos con chavos de cantera. Ahí donde los juegos no se ganan con aventuras y carreras, en las fases definitivas, las Chivas lamentaron la ausencia de serenidad y templanza.
El empuje rojiblanco puede desembocar en jugadas serias; pero la calma, la visión de juego, el conocimiento de parar la bola en el momento adecuado, es algo que se aprende en el campo, a fuerza de capotazos.
Ayer no ayudó Liborio, cumplidor hasta entonces. Un tiro espantoso de Cabrera, quizá el disparo más fácil de los que le habían hecho, decidió Liborio convertirlo en gol. Allí se apagó la bienaventuranza de la media semana; allí se apagó la confianza en los guantes del chico, para él mismo incluso.
El Guadalajara encontró dos goles que nunca buscó, que más regaló el Morelia por su juego torpe. Bravo, que parece que se anima a cargar el peso, hizo el segundo; el espigado Enríquez había convertido primero, en un gol hecho con las tripas, resuelto con un zurdazo a la horquilla derecha de Muñoz. Pero ahí faltó el temple. Primero Arellano, que nunca saltará la tranca de ser considerado buen prospecto, miró la roja en una entrada absurda. Después el miedo, en estos precipitados jugadores chivas que no aprenden aún manejar el juego. Luego Liborio, otra vez, cometiendo el mismo error, aventando la bola a las redes tras recibir mal, exhibiendo un nerviosismo espantoso que nunca lo abandonó.
Allí se acabó el juego, Real decidió renunciar a todo y esperar la vuelta. Morelia no supo aprovechar el miedo terrible de las arañadas Chivas.