Bautista cantaba las estrofas sórdidas del himno mexicano cuando de pronto quedó varado a mitad de una: la banda de música dejaba el cántico inconcluso e interpretaba, apoyada por las 60000 personas que llenaron el Beira Rio, el himno brasileño. Bautista, el cicatero, quedó pasmado y volvió la vista para mirar a sus compañeros. Entonces, viendo que ellos habían quedado igual en desconcierto, rompió filas y simuló calentar cuando todavía se escuchaban las notas brasileñas. El estadio enfureció; pero Bautista lograba su cometido: interrumpir la arenga al Orden y el Progreso. Así comenzaba el partido. Si Inter se preparó para amedrentar, enfrente tenía a un equipo irreprochable, dispuesto a llevar a los extremos la sentencia bíblica de la ley del talión.
La fortaleza mental del Guadalajara, sin embargo, estaba muy por encima de sus recursos futbolísticos. Sin Medina por lesión, y con un Arellano marchito, las chivas sólo apostaban al juego largo y a las locuras de Bautista. Del pelotazo tomó cosecha: Bravo bajó un balón para De
El Inter fue siempre abrumador, paseó su autoridad de comandante con las piernas hambrientas de D’Alessandro y las sobradas de Tinga. Taison acumuló desbarajuste tras cada arremetida al sector izquierdo del Guadalajara, allí donde Ponce perdió inocentemente ubicuidad y Araujo nunca atinó a ayudarle. Con su ala izquierda en ruinas, Michel tuvo que buscar los cada vez más inquietantes disparos de Tinga. Injustamente abajo en el marcador, el Inter saltó al segundo tiempo directo a la yugular del Rebaño. Donde más seguridad mostraba el Guadalajara (en el centro, con el rústico Reynoso) apareció Sobis para anticipar a Michel tras una habilitación de Kléber y devolver la ventaja a los colorados. El golpe fue definitivo en los de Real, atenidos a la esperanza de jugar con la desesperación local y forjar los tiempos extras. Con la piñata quebrada, las chivas sólo se limitaron a que el saqueo no fuera descomunal.
El gol de Leandro surgió en medio del caos, cuando el Rebaño aventuraba con De
Pero todavía estaba el coraje de los himnos tronchados. Cuando Ruiz silbó el final, un chico de mantenimiento entró al campo para escupir a De
Para el Guadalajara queda el equipo, la autoridad mostrada en Santiago, el juego por momentos eminente en el Jalisco en las instancias previas, y la sospecha, aunque a Vergara le tenga sin cuidado, de que algo distinto hubiera pasado si las chivas terminan la copa jugando en el Jalisco.














