Ayer concluyó el torneo más insípido de naciones que el mundo puede ofrecer. México, tras un inicio incierto, donde le tocó enfrentarse a representativos que ni siquiera aparecen entre los primeros cien del mundo e incluso uno de ellos, Guadalupe, no es miembro oficial de la FIFA, encontró un fútbol efectivo y contundente a la hora buena. Fútbol que con el consiguiente canto de las sirenas de los medios nacionales trata de ocultar la crisis más profunda que se recuerde: convocatorias cuestionadas; jugadores claves pasando por un inusitado general de baja de juego; tres técnicos utilizados en un mismo proceso mundialista; una eliminatoria donde ya todos se atreven a faltar al respeto y donde se amanece en un no grato cuarto lugar que obliga a enfrentar en repechaje al quinto de sudamérica; un juego mezquino y una indisciplina recurrente, hasta del propio técnico que en una actitud reprobable pateó a un futbolista panameño.
El marco fue perfecto para terminar una ya acostumbrada jefatura que su vecino del norte le había impuesto desde aquella eliminación en cuartos del mundial de 2002; diez años habían transcurrido sin que los verdes pudieran cantar una victoria en suelo americano, y ayer lo hicieron, favorecidos por una inusual desconcentración del equipo estadounidense, que se puso a temblar de miedo cada que Giovani tomaba la pelota y enfilaba rumbo a meta quitándose rivales con una categoría que el chico ya debía. Mencionado como el sucesor de Ronaldinho en aquel Barza de la primera champions, Dos Santos había caído en una baja de juego tremenda que lo llevó a traspasarlo al Totenham inglés y de allí al equipo de segunda por no ser del agrado de un técnico que no lo pidió y que a la hora de verlo jugar no salió muy favorecido. Pero ayer mostró su nivel de juego, pidiendo la pelota en todo momento y reclamando incluso a Aguirre la entrada de su compañero de toda la vida, Vela, con quien se entiende a la perfección y por quien pedía a gritos luego de que Medina fallara en dos manos a manos que Gio lo había dejado.
Así fue, al inicio del segundo tiempo, cuando los gringos pudieron irse arriba en el marcador tras una falla de Juárez, que empezó la cadencia y la armonía de los dos chicos campeones mundiales. Primero fue un penal provocado por Gio y convertido por un Torrado que cumplió con creces su papel de capitán; luego fue una descolgada de Vela, que se cansó de quitarse rivales por el lado izquierdo y puso en boca de jarro a sus compañeros cuantas veces quiso; parecía un vendaval, todo balón filtrado hería en demasía a un equipo americano desconcertado, temeroso, incapaz de ofrecer resistencia al mexicano que iba encontrando las jugadas precisas.
Todo le salió bien ayer a México, hasta el inusual gol de Castro, pero no hay que tapar la realidad en la eliminatoria. México está obligado a ganarle al equipo titular estaduonidense el próximo doce si quiere seguir teniendo aspiraciones mundialistas.
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