Hay finales de ensueño, donde se encuentran dos equipos tan poderosos como temibles, similares en su poderío entre ambos pero muy superiores a los demás. Como ejemplo recuerdo aquella final entre Toluca y Atlas, esplendorosa, llena de fútbol de alquimia, emocionante hasta el último penal que erró Estrada. Y hay finales heterogéneas, desiguales, donde se enfrentan un equipo claramente superior y otro que llegó ahí sólo porque Dios es grande. La de anoche en Guadalajara fue una de ellas.
Inter llegó al Omnilife (qué nombre de estadio tan ridículo) para apoderarse de la bola, dejar maniatadas a unas chivas de corral y llevarse un gol de colchón para la vuelta en Porto Alegre. Así de categórico. Para lograrlo apeló a sus dos hombres argentinos. D’Alessandro salió divino, circulando la pelota por las rendijas, haciendo ver mal a unas chivas anonadadas que a nada estuvieron de hincar una rodilla y rendirle pleitesía; Guiñazú estuvo imponente, metiendo miedo con su corte de mohicano a cualquiera que se le arrimara en medio campo. Con ellos dos a punto, Inter no desesperó cuando no obtenía renta dada su clara hegemonía, incluso cuando se vio en desventaja tras una genialidad suprema del hijo pródigo local. Seguro de su juego, controlador absoluto de la pelota, fiel a su renglón, el Inter sólo necesitó que las cosas tomaran su línea para voltear el marcador.
El dictamen chiva era claro: había que sacar ventaja para evitar dolores de muela en la vuelta. Real sacrificó a Araujo a favor de Arellano para buscar las bandas y la velocidad endemoniada que permite el pasto sintético del Omnilife (qué nombre tan ridículo). Ante tal concepto, las chivas se olvidaron que también había que quitarles la bola a los brasileños. El arma se les terminó volteando. Arellano inició y terminó correteando a Ney, su supuesto marcador, en varias ocasiones lo hizo en plenas barbas de Michel. El catarro inicial se fue convirtiendo en neumonía ante la incapacidad de Mejía por hacerse ver en zona media. Ni cuando Báez y De la Mora recorrieron diez metros para auxiliarlo fue capaz el canterano de asomarse ante el rústico Guiñazú. Fue un llamado desesperado para que llegara la caballería; pero Real se resistió hasta que al chico sólo le quedaba la bayoneta. Entonces, sobre la yerba, ya estaba todo decidido.
Hay dos formas de desequilibrar en el fútbol: una es por habilidad y la otra es por superioridad numérica. Los brasileños arrastran una tradición de virtuosismo estético. La forma que requería el Guadalajara para controlar el juego era la segunda, en todas las zonas del campo. Para eso se requiere concentración absoluta y una destreza física a prueba de balas. Cuando los brasileños notaron que a pesar de su espanto escénico su rival corría como mulo cerrero, decidieron jugar la bola a primer toque. Ante velocidad y eficacia no hay defensa. Las chivas corrían porque la localía los obligaba, pero el balón estaba siempre a cinco metros, inasible, y ya se sabe de lo que son capaces los brasileños con la bola cocida a los pies. Primero avisó Kleber, en un tajo que hizo por la izquierda de la defensa chiva, donde Ponce anduvo delusorio. Después un disparo de castigo que pateó Alecsandro con la última reserva (pateó tan fuerte que tuvo que salir lesionado). A medida que transcurría el juego, el visitante lucía más cómodo. Se respiraba tensión en el Omnilife (tan ridículo).
Cuando más encimaba Inter, apareció Bautista para aquietar las aguas. De la Mora tomó un balón en tres cuartos de cancha y levantó la cabeza. Tenía dos opciones: Bravo se le abría por derecha y Bautista llegaba por el centro. De la Mora le mandó una pedrada al segundo, un centro sin destino que aparentó un mero desprendimiento de balón; pero el Bofo lo vio venir y aceleró inusitadamente para meterle un cabezazo desde fuera del área y clarear a Renán. Soberbio. El primer gol en la nueva casa no pudo ser más rimbombante. Tampoco podía ser de otro que no fuera Bautista. Esa fue la única noticia que dieron las chivas. Después se tuvieron que tragar sendos goles de cabeza de Giuliano y Bolívar. Justo premio a la insistencia brasileña.
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