La primera semifinal de la copa Confederaciones ha dejado una enseñanza seria. España llegaba con una resonada hilera de quince victorias consecutivas y jugando un fútbol vistoso, alegre, propositivo, elaborado y, por si hiciera falta algo, efectivo. Del otro lado estaban los obreros estadounidenses, que se habían colado de rebote, aprovechando la desfachatez de Italia. Y el resultado fue un 2-0, desfavorable a los españoles.
Administrando siempre la misma receta a sus vecinos mexicanos, siempre antes relegados por éstos en las grandes competencias, tal parece que los americanos se están acostumbrando a faltar al respeto. Hoy tenían enfrente a un equipo muy similar al mexicano, achaparrado, repleto de jugadores técnicos, ligeros y atrevidos. A eso opusieron su arma de sobra conocida, la que le valió la calificación a la Copa, el choque, la fuerza, la destreza mental. Su fuerza radica en que se conocen demasiado. Saben sus virtudes, que son pocas, y armonizan en conjunto sus sobradas limitantes. Atareados en la consigna de que es más fácil destruir que construir se plantan en una sólida y esforzada defensa, que así como se alardea comete a veces errores infantiles, para desplegarse luego en rápidos y letales contragolpes. Así le tiene tomada la medida a México, así se la aplicó hoy a España tumbando su fila de partidos invictos.
Los ibéricos fueron amplios dominadores del partido, una y otra vez se plantaron en el área de Howard, y una y otra vez fueron rechazados por esas torres que Bradley coloca en retaguardia. Sabiéndose superiores, los españoles no contuvieron su ímpetu luego de que aceptaran el primer gol en un error de Capdevilla; la definición hasta insulsa de Altidore vino a poner las cosas en su sitio: España atacaría en desbandada, campo favorable a la muy limitada ofensiva norteamericana. Más que jugadores capaces, los de Bradley semejan jugadores con suerte, no se apasionan, no sufren, siempre impávidos, mandando el mensaje que les da igual el marcador y luego atacan, o como que atacan, y su ofensiva suele ser letal porque tiene esa dosis de suerte. Un segundo gol a quince minutos del final, fabricado a trompicones, donde la dejadez de Ramos, tan criticado por Aragonés porque nunca aprendió a defender, pone el balón a modo para que el incansable Dempsey colocara el segundo. Poco partido para una respuesta ibérica que aun así no dejó de amenazar constantemente y con ocasiones claras la meta de Howard. Pero algo le faltó a España, el gol no le llegó nunca. No llegó porque el ataque español terminaba en servicios flojos, en centros a los que nunca aspiraba Torres o Villa, siempre escupidos por Onyewu y compañía, y porque el virtuosismo de los de Del Bosque llegó desenchufado, quizá porque ya se daban como seguros vencedores y llegaron a tramitar el partido para enfrentar al Brasil de Dunga.
Ahí queda el juego, con la enseñanza de que este fútbol global no admite rachas tan largas de partidos invictos, de que los partidos se ganan hasta que se juegan, y de que, y esto es lo más peligroso, a veces la técnica sucumbe ante la disciplina y la fuerza. Pero ahí queda también la armonía ibérica en tres decenas de juegos. Hoy España extrañó como nunca a Iniesta y Silva, sus volantes irreverentes.
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