
El Guadalajara rompió su inquilinato con el Jalisco. Cincuenta años después de su primer duelo, adonde llegaron porque el Parque Oblatos ya no les alcanzaba, las Chivas, más locas que en aquel entonces, se mudaron de nueva cuenta. El nuevo estadio, construido por un hombre que no sabe qué hacer con su dinero, lleva un nombre ridículo: Omnilife. En esa cosa jugará desde ahora el equipo más popular del fútbol mexicano, un entramado ultramoderno, con 45000 asientos, dotado de pasto sintético y muy alejado, geográfica y económicamente, de la clase media baja tapatía, a quienes en buena medida se debe lo que ahora es el Guadalajara.
Apostado en su lengua de embaucador, Vergara hace lo que se le antoja con las bases sociales, los seguidores eternos del club. No quiere ya un equipo de albañiles y comerciantes, que muy modestamente veían al equipo cada mes; anhela consumidores profusos, juniors con cartera ancha, y esos sabe muy bien dónde encontrarlos. Le importa muy poco si estos nuevos aficionados saben de fútbol. Es como un círculo vicioso: tú me das dinero y yo te doy la oportunidad de sacar tus rencores sociales. Esto es el nuevo Guadalajara.
El sábado, en el Jalisco, después de 90 minutos insufribles, ante un Puebla que le encanta vivir del victimismo, y donde quedó de manifiesto la merma ofensiva que queda en el redil luego de la marcha de Bravo y Hernández, las 30000 almas rugían a una sola voz: chivas, chivas, chivas. Era el grito guardado, sacado a rajatabla, exultado como bandera de dictamen, pero también escupido con rabia, con coraje y desprecio a una directiva ignorante. ¡Que alguien le vaya a contar a Vergara por qué el Madrid no abandona el Bernabéu! ¿Qué será de Bautista y de su tibieza mental ahora que no pisará más el Jalisco, el estadio que le forjó gloria?
El sábado, el Bofo mostró que no está para dar soluciones; habilitado como segundo delantero deambuló a trote torpe, incapaz de recibir y darse la vuelta y nulo tanto por pies como por aire. Estrelló un balón en el poste, cuando ya todos cantaban gol, y tuvo que quedarse en la yerba simulando un golpe porque la vergüenza no lo dejó pararse. Medina golpeó un balón interesante al inicio del juego, pero se notó que su inactividad mundialista lo mandó a pantanos de los que quizá ya no flote. Bravo protagonizó otra despedida. Fue el Bravo de siempre, el que corre como esteta y erra como canterano. Arellano se entrecomilló solito, como desde hace buen tiempo. Michel Vázquez, la nueva piedra por pulir, demostró que su titularidad todavía en muy forzada. La infantería estuvo aceptable. Pero no se le puede pedir a Araujo o Báez que tomen responsabilidades que otros deslindan. A semejante tacañería, el Puebla no abonó al buen fútbol. No tiene tampoco con qué. Las migajas que recoge cada torneo con la esperanza de revivirlas se empecinan por un fútbol resultadista. El partido se murió de nada. El Guadalajara nunca volvió la cara a los palcos, donde aguardaban sus leyendas. Al término del duelo, cada una fue desfilando alrededor del círculo central, forzadas a comparecer en una ceremonia mediática. El Jalisco vio por última vez a los Reyes y los Chaires y los Villegas y los Ponce y los Calderón y los Galindo juntos, y tantos otros. Las treinta mil almas no agradecían al final al equipo actual, se pararon y aplaudieron a los antiguos, los que forjaron esa cosa que se conoce como Campeonísimo.
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