En el mundo feliz del feudo rojinegro estará siempre Lavolpe, en el banquillo, con sus desplantes verbales, sus ademanes toscos, su certeza de ser el ungido del Señor, el que se vale de ese aliento divino, de esa superioridad autonombrada para enseñar a parar, a jugar, a sorprender a unos futbolistas imberbes que no son más que eso, una bola de mocosos. El Zeus Lavolpe recorre con su tridente los campos inquiriendo a unos, motivando a otros, humillando a casi todos. Hasta al que era intocable, el jorobado Blanco, al que se atrevió en uno de tantos bombardeos neuróticos dejar fuera del mundial, aquél donde se puso de rodillas a Argentina pero se terminó perdiendo, donde ante miles de mexicanos hizo falta sin duda la presencia del jorobado.
Un mundo feliz en comunión, dándole alegrías impensadas a una afición atlista que ya se acostumbró a ganar nada, a no ilusionarse, a contentarse con levantarse el cuello y decir que son sus chicos los que mejor tocan la pelota en nuestro fútbol. El llevarlos a una final estaba de más, porque bien se conocía el destino; pero en esa utopía, Lavolpe se atrevió a hacerlo, sacando a escena a jugador tras jugador, tocados todos con ese guiño divino, piezas embonables a la perfección en esa máquina de jugar fútbol que de pronto el Zeus había creado.
Pero en el mundo feliz no se valen las segundas partes: se es feliz una sóla vez y para siempre. Si algo falló en la utopía fue la marcha del creador, al que se le vio luego haciendo campeón al equipo que le había privado de la gloria en esa final impensada. Las basas del sistema se fueron desmoronando, una a una, hasta que ya no quedó piedra sobre piedra. Intentar un segundo chance era algo fuera de toda lógica. ¿Por qué regresó Lavolpe si estaba destinado al absoluto fracaso? ¿Alguien acaso logró ilusionarse esta segunda vez con los ya viejitos Zepeda y Osorno?
Por jugadas del destino fue el mismo Toluca quien se encargó ayer de quitar toda duda: este Lavolpe es un barco fantasma, condenado a navegar sin rumbo en aguas turbulentas, cada día que enfrenta uno de sus tripulantes fenece, o lo abandona. Fue el Toluca con su goleador Mancilla dando la primer estocada, fue el Toluca con su ala Esquivel, quien entró como perro por su casa en un área atlista herida, quien consumó el degüello.
Puede que el de ayer sea el último partido de Lavolpe, no con el Atlas, de su vida misma. Se le ve cansado, deseoso de tomarse el séptimo día para descansar de su creación. Pero en las mentes rojinegras él siempre será el hombre del banquillo, el profeta esperado, y ya todos conocemos el destino de los profetas.
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