
En lo que pareciera una calca de los partidos contra Vélez, el Guadalajara recurrió a la misma treta de sacar ventaja en casa (tres goles, conseguidos más a golpes de suerte que a base de buen fútbol)y jugar basura en la visita, perdiendo por dos goles y acabando el partido con el bendito en la boca. Pero eso le valió en las dos eliminatorias recientes para ubicarse en la semifinal de la Libertadores, donde, con equipo completo tras el regreso de los mundialistas y con la aparente llave fácil de enfrentar al ganador de la serie U. de Chile-Flamengo, se posiciona ya como fuerte candidato para llegar a la final, cosa que de los clubes mexicanos sólo el Cruz Azul ha logrado.
El Guadalajara llegó al Defensores del Chaco a exhibir un fútbol miserable, muy lejos del que logró en aquellas dos ocasiones cuando había alcanzado las semifinales de la copa, cuando, tras un 4-0 inolvidable en el Jalisco, llegó a la Bombonera para jugar con la soberbia xeneize y provocar la remoción del técnico, tras ridículo escupitajo en el rostro del Bofo. Esta vez llegó con lo justo, rechazando sin sentido todo balón que mandaba al área Libertad, que a falta de veinticinco minutos por jugarse, ya estaba a tiro de ballesta. No aprovechó el Guadalajara el arma que le provocó la comodidad en el Jalisco, el probar a Medina y a una defensa guaraní lentísima; se dilapidó encerrándose en las barbas de Liborio y sin una descarga de alivio al no colocar delanteros que ayudaran a retener la pelota. Así se la jugó Real. Demasiado arriesgue y demasiadas concesiones para lo que estaba en juego.
Libertad avisó desde el minuto uno que iba por todas, cuando obligó a Liborio a extenderse a ras de suelo y desviar la bola que ya amenazaba colarse. Respondió Bravo, mandando al poste una buena (la única)jugada colectiva. Cuando el cuadro guaraní se dio cuenta que tenía tremendas ventajas en el juego aéreo, convirtió el partido en cosa de centros y tiros de esquina. En uno de ellos llegó el primer gol, en una reacción desastrosa de la ddefensa tapatía, que no pudo rechazar un cobro malo a primer poste; el balón se coló por entre los ojos de todos y las manos tibias de Liborio. Era el minuto veinte, un mundo de tiempo por delante.
Pero las Chivas aguantaron el primer tiempo sin recibir más, a pesar de que cualquier balón insulso al área se volvía cosa de peligro. Pittoni y Gamarra se aprendieron el renglón y el nerviosismo de Liborio, que como ya está acostumbrando, va con gran facilidad de lo sublime a lo ridículo. Atrás, los delanteros paraguayos siempre encontraron la solvencia de Reynoso. Cuando el partido avanzaba, con unas Chivas decididas a no traspasar su propio campo, Libertad se la jugó copando de delanteros el área del rebaño; pero cuando no eran las fallas ridículas de defensas rojiblancos y de delanteros guaraníes, eran los guantes oportunos de Liborio los que evitaban más goles. Cayó uno más, porque era demasiada asfixia; pero los chicos del rebaño supieron capear el temporal, por más que aquello se convirtió en cosa de tiro al blanco.
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