
El Toluca presentó partido, pero gastó demasiado pronto su fuelle físico. Terminó sudando las tripas y aventando el páncreas y el muslo de Dueñas, y cuando se quedó sin armas, se atuvo a la buena de Dios, y al error ridículo de Vuoso, y estuvo en coma final en dos match point en la serie de penales; pero sacó el último empuje tras el penal de Novaretti, que Oswaldo tuvo en sus manos, y apostó todo a la presión del Nemesio Díez y al guante de Talavera, ayer otra vez imponente, para llevarse los penales, el partido y el décimo título de liga, séptimo en los torneos cortos.
Romano extiende a tres sus finales perdidas. Pero ninguna tan dolorosa como la de ayer. Tuvo el título una y otra vez, y en todas sus futbolistas fallaron, como si fueran cómplices de esa racha de mala suerte que lo sigue desde aquella tarde en que fue secuestrado. De todas, ninguna tan clara como la de Vuoso, a minutos de finalizar los tiempos extra; Peralta había hecho una jugada magnífica por la izquierda, dejando solo al argentino al borde del área chica; era cosa de un pase a la red, de chocarla nada más, pero el balón hizo un bote extraño antes de llegar a sus pies y Vuoso abanicó. Más sencilla no se podía. Romano se iba a jugar todo en los penales, conocedor de que había merecido ganar el título mucho antes.
Primero pateó Sinha. Acomodó el balón con el pivote apuntando hacia Oswaldo, para eludir un mal golpeo, dio unos pasos hacia atrás, pocos, su solvencia y su técnica le bastan, colocó las manos en su cintura y esperó el silbatazo. Enfrente, Oswaldo recorría la portería a sus costados, amagando, invitando al mexicano a tirarle a un lado. Nunca se ha distinguido el meta por parar penales, por más aspavientos que realice para intimidar a los delanteros. Así que bastaba un tiro colocado a los costados o potente por el centro. Eso hubiera hecho cualquier futbolista; pero Sinha no es cualquier futbolista. Con la mente puesta quizá en el mundial, y mandando el último mensaje a Aguirre, se dispuso a cobrar a la panenka. El balón salió suave, con una delicadeza y una pulcritud extrema; Oswaldo se tiró a su derecha, derrotado, pero desde el suelo alcanzó a ver que el balón bajaba, fino, con una cadencia inaudita, y se recuperó para, desde el suelo, alzar la mano y esperar que la bola la chocara. Sinha había fallado el primero.
El segundo penal lo cobró Rodríguez. El Chato no se anda con cosas. Disparó fuerte y abajo de Talavera; pero el meta había adelantado y lo paró. Archundia lo repitió y entonces Rodríguez decidió cobrar al otro lado. 1-0. El tercero fue cosa de Marín. Soberbio disparo sacó el chico a la horquilla derecha, imparable. Corrió al borde del área y se lo cantó a Oswaldo, hacía aspavientos, provocaba a la grada; luego fue a abrazar a Talavera, el meta tenía que parar el siguiente. Pero la bola estaba en poder de Ludueña, un tipo infalible. El disparo salió casi emulando al de Marín, a la horquilla. Mancilla estaba obligado a meter el suyo. Se decidió a media altura, cambiando el empeine al final por la parte interna, y allá apareció Oswaldo, desviando el disparo. Si Santos metía el siguiente, tenía casi el título en sus manos. Talavera hizo lo imposible por detenerlo, los mismos movimientos intimidatorios de Oswaldo, el mismo recorrido a los costados, la misma seña de brinco hacia delante mostrando estar listo, invitando al cobrador a tirar; pero Lacerda nunca lo miró y pateó a lado contrario. Era el 3-1. Romano se relamía en su banca. Por fin iba a lograr un campeonato.
La banca del Toluca era un muestrario de caras largas y resignación. Se aprestaba Novaretti para cobrar. Si fallaba, todo estaba perdido. Y el argentino llegó sin ganas, cobró casi cerrando los ojos, a donde saliera, a donde lo esperaba un Oswaldo engrandecido que metió la mano y detuvo el penal. Romano saltó en júbilo. De la Torre volvió la cabeza a su derecha. Pero el balón se metió en el fatídico puente del cuerpo de Oswaldo y rebotó en su espalda y tomó un camino agónico a la base del palo derecho y se metió. Toluca se salvaba. Ahora Vuoso tenía en sus manos lavar el error de hacía rato. Así es el fútbol de generoso. La grada escarlata comenzó a gritonear, aferrándose a la última esperanza, y la presión se comió a Vuoso. Mandó un tiro espantoso, chorreado, que se fue lejos del poste derecho de Talavera. Toluca vivía; pero las cosas seguían iguales de complicadas. Romagnoli acertó en su disparo y vino a darle nuevos bríos a la tribuna. En el último disparo, de Morales, la presión del Nemesio se encargaría de todo. Romano estaba incontrolable. Se le acababa de escapar el título en dos ocasiones. Lo que vendría después era casi lógico, como si estuviera escrito en alguna parte, como si la racha de mala suerte de Romano no fuera suficiente aún. Cobró Dueñas y acertó. El último penal, ya en muerte súbita, tenía que pararlo Talavera. Tiró Arce y Tala se tendió a su derecha para desviarlo, reclamando el rol protagónico que siempre se le había negado, siempre en la sombra, aguardando en las bancas, esperando una oportunidad como la de ayer. Cuando cayó, después de haberle parado el penal a Arce, se levantó y corrió a abrazarse con sus compañeros. Era su día.
En la banca del Santos, Romano se soltó en llanto, atravesó la cancha con dirección a los vestidores y se fue pidiendo explicaciones, maldiciendo a la suerte, a Vuoso y a la puta vida que le había tocado.
En el futbol, quien mete los goles es el que gana, no hay justicia, sólo números, y espectáculo, Toluca metió los goles, y ni modo, Oswaldo tuvo otra noche triste, es donde a pesar de que se vistió de héroe, su pelotón se encargó de perder la batalla, y al final, la guerra.
ResponderEliminarTalavera, sólo se puede describir como espectacular, la manera en que sacó el último tiro fue impresionante, a mano cambiada, con uno reflejos felinos.
Buena crónica, muy buena.
Saludos.
Espero que no te moleste que te deje un link a nuestro nuevo video.
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