El Guadalajara llegó anoche al Hidalgo para resolver con oficio, cosa prematura en un equipo lleno de jóvenes, un partido bravo. Ante la ausencia de Hernández y una condición climática que impedía el buen juego, el rebaño mantuvo la forma y saltó la media cancha para romper un duelo que se pudo haber resuelto a favor del Pachuca. Pero fue Báez el único que vio puerta en un concierto de tiros de media distancia, en un zapatazo perfecto desde casi treinta metros. Balón peleado por Arellano y dejado luego al garete en una barrida, hasta allí llegó Báez para meterle todo el empeine y anidarlo en el ángulo superior derecho, lejos de Calero.
Tras el pitazo final el equipo se fundió en abrazos. El esfuerzo había sido enorme. El hecho demuestra unión, más sincera que su parafernalia inicial, donde todos salieron con una cruz de ceniza en la frente, hasta Hernández y Lebrija que observaban desde las tribunas, y Real, que mostraba orgulloso la insignia en la banca.
El lugar del Chicharito lo ocupó Arellano, que parece en el mano a mano durante un buen rato no se va a quitar ni al aire. Lo intentó varias veces y falló ante defensas muy troncos como Mustafá y López; varias veces también no se atrevió a hacerlo, aún lo abandona la confianza tras su larga penuria de la lesión. El Bofo brincó de inicio de nueva cuenta; comienza a mostrar cosas interesantes. Lo mejor fue su sacrificio en la recuperación de la pelota, en cambio, se mostró muy errático al poner el pase final, sólo atinó una vez dejando a Bravo frente a Calero, pero el sinaloense aún tiene en el cerebro los regaños de Lotina, y la frialdad que necesita a la hora de definir en el baúl del recuerdo.
Fue un juego digno, a pesar de la latosa lluvia. El Pachuca montó partido en los pies de Manzo y en los de Álvarez. Benítez al final tuvo el empate. De la misma forma el chiverío pudo sentenciar antes. Ha mostrado recursos este Guadalajara, anoche salieron avantes en el que quizá fue el partido más complicado del torneo.
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