lunes, 8 de febrero de 2010

La culpa no es del Indio

El dato es duro: en ciudad Juárez ocurren 191 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes; es la ciudad más peligrosa del mundo. El 31 de enero quince sicarios irrumpieron en una fiesta de adolescentes y dispararon sin previo aviso rifles AK-47. Murieron cerca de dos decenas de chicos. La averiguación produjo que la causa aparente fue un duelo entre pandillas. ¿Qué pasa en Juárez que hasta jóvenes de diecisiete años se pasean por las calles montados en camionetas Van y con armas de tal poder? ¿Quién ordena una masacre de tal magnitud entre chicos que sólo se recelan por pertenecer a bandas contrarias? Esto es ciudad Juárez, el lugar de los femicidios y las maquiladoras, un lugar impune donde juegan los indios, equipo que terminó la temporada pasada sin ganar un solo juego y sólo lleva un gol en la que va de la presente.
El fútbol, sabemos, no es nada más que un juego. ¿Pero es posible hacerlo bajo tales condiciones? Si se mira los juegos de la tribu se responderá que no. Se ven tensos, incómodos, esperando que la temporada termine y surja la oportunidad de emigrar. Nadie le mete empuje a ese equipo destinado de antemano al descenso faltando casi una temporada por jugar.
En Juárez han parado varios de los principales cárteles de la droga. Ahí se le ocurrió a Francisco Ibarra llevar a su equipo. La plaza no tenía fútbol profesional desde 1992, cuando aquellas tristes cobras terminaron sin pena ni gloria un descenso anunciado. Primero fue el filial del Pachuca; Ibarra lo ascendió ganando una final vibrante, ante un León que parece que olvida su pasado glorioso. El equipo enfrentó las novatadas y desventajas que ofrece la competencia al benjamín; pero sorpresivamente salvó el descenso y alcanzó a clasificarse a la liguilla, donde estuvo a nada de llegar a la final. Algo pasó en el siguiente torneo. Algo que los ha sumido al mismo lodo. Ahí donde las mismas autoridades otorgan becas por 7500 pesos y sueldos de 9800 por ser policía, donde cualquier chavo asesina a otro y festeja en la impunidad, donde las mujeres salen de sus casas con la incertidumbre de si van a regresar; a ese sumidero han llegado los indios, y parece que el fútbol les ha quitado ya su etiqueta de intocables.
Ya les dieron el primer aviso. Pedro Picasso, entrenador del equipo indio sub-17, fue asesinado hace unas semanas por intentar resistirse a un asalto; varios jugadores han declarado que han recibido amenazas de muerte; los que han salido, como Chitiva, han comentado que jugar con una pistola apuntando a la cabeza no se puede. Para jugar con los indios se necesita ser expandillero, como el Maleno Frías. Éste chico es el único que se toma en serio el estar en primera división. Desgraciadamente para él ha sido abandonado por el gol. A él y al equipo. Ayer intentaron remates de todo tipo ante un Morelia que salió a pasearse en un partido que únicamente encontró atractivo en el grandioso gol de Emilio Hernández; zapatazo soberbio del chico, a bote pronto, lanzado desde el filo del área al poste contrario del arquero.
Parece que los indios están maldecidos, errar oportunidades tan claras, sin embargo, en una ciudad tan violenta, puede traer consecuencias no gratas. Esperemos que la estela de protección que aparentemente brinda la condición del futbolista no los abandone. A partir de hoy mediremos la paciencia del Kártel, la barra brava del equipo.

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