lunes, 14 de diciembre de 2009

Fue por vos, Tano.

Cuando Rodríguez pitó el final, Aldo saltó de la banca y la emoción lo tiró al pasto. Con la cabeza en el suelo, en cuclillas, se soltó en llanto: le había cumplido al hermano, al hombre que le enseñó a jugar al fútbol, al trotamundos que tuvo que parar inesperadamente porque su corazón no pudo más. Duró llorando varios minutos, en desconsuelo total; luego se paró y mostró la camiseta del Tano: el rostro serio, la mirada desafiante, la greña alborotada. Aldo corrió entonces a festejar con sus compañeros que ya enloquecían en el medio campo. El Monterrey acababa de ganar su tercer campeonato. Un título que supo a gloria, pero que para De Nigris fue mera deuda cumplida.
El mexicano es muy dado a los mitos. A falta de héroes que le resuelvan los problemas de una realidad hostil, él los inventa, los crea, los saca del imaginario y los vuelve leyendas, casi dioses. El fútbol es un campo no ajeno. En este juego que nos apasiona hay verdaderas historias de vida. Héroes forjados por su destreza a la hora de patear la bola, héroes devastados por tragedias inesperadas. ¿Qué pudo haber sido, por ejemplo, de Pablo Hernán Gómez si ese día no hubiera abordado su camioneta? ¿Qué de aquel chaparrón atlantista de principios de siglo sin su alcoholismo enfermizo? ¿Qué del mismo Tano si hubiera obedecido la indicación médica y se hubiera retirado del fútbol? Son historias que quedan, que nos recuerdan la condición del jugador de fútbol, la misma a la del hombre común.
Cuando Aldo recibió las cenizas de su hermano, y estuvieron presentes en ese duelo de cuartos contra el América, ¿alguien dudó acaso de que ese día De Nigris anotaría un gol? ¿Alguien dudó de que el Monterrey terminaría campeonando? La historia estaba ahí, y el mexicano es muy dado a volverla romántica. Aldo fue llevando de la mano a unos rayados que se compenetraron en torno de su deuda; pero que amalgamados por la buena suerte, si ésta los abandonaba, supieron jugar bien al fútbol. Ayer lo demostraron en el Azul. Detuvieron culquier avanzada cruzazulina, con serenidad plena, y decidieron herir en los momentos precisos, cuando el Azul estaba absorbido en la desesperación que le causaba su fútbol inoperante. No llegó embalado el Azul, confiado en causar daño en la misma jugada que le dio frutos en el Tecnológico. Y cuando los regios se la aprendieron, los capitalinos fueron incapaces de utilizar sus bandas, de tejer jugadas que llevaran a la preocupación de Orozco, ayer absuelto.
Fue un medio tiempo a favor de la máquina; pero dos tiros al larguero no lo redimían de la desventaja en el de ida. Buscando su buen juego el Azul se vio impreciso, falto de ideas. La misma pifia arbitral lo abandonó en el momento bueno, Ortiz fue tirado en el área en claro penal y Rodríguez no quiso echarse la culpa. El Monterrey amenazaba con sus dos puntas, siempre a la espectativa, fuertes en el duelo hombre a hombre y en la retención. Así se jugó el primer tiempo, con un Santana que no se hallaba por ese carril derecho. Pero cuando inició el segundo, Vucetich entendió el momento. Con todo su cuadro atrás lanzó a su vanguardia. Sólo eran tres hombres entre un mar de piernas azul. Y Santana tejió una jugada pletórica con Suazo, quien amagó en el área con un movimiento de cintura, dejó en el camino a su marcador y mandó un centro a segundo poste, seguro de la aparicón de Aldo; éste no hizo más que aprovechar su estatura ante un derramado Brown y empujar el balón a la red. Fue una estocada. Balde de agua fría para una afición que ya se está cansando de llegar a finales y perderlas todas.
Entonces el Cruz Azul reviró. Una vez más Meza mandó a su amuleto Castro y éste le respondió con un cabezazo lejos de Orozco. Una inyección de ánimos para los cementeros, pero el Monterrey no se anonadó. Contuvo una embestida cementera que por momentos fue mera garra, mero empuje, pero deficiente de fútbol. Fue el momento más hermoso del juego, un ida y vuelta vibrante que aprovecharon los regios para poner el segundo y terminar los sueños azules. La máquina se la jugaba atrás en hombre a hombre, demasiado riesgo para un poderoso Suazo. Cuando Osvaldito recuperó un balón poco atrás de medio campo y levantó la cabeza vio a un Chupete adelantado. Lo esperó, lo esperó, Suazo se deshacía tratando de habilitarse ante un Pinto que lo medía, y entonces el chileno se logró poner en posición y arrancó detrás del pelotazo que le lanzó Osvaldito. Pinto quedó lejos y Corona tuvo que salir; las piernas del Chupete fueron más rápidas que las del meta y tocó la bola de tres dedos ante la salida inútil de Corona, el balón se fue rodando suave, inalcanzable para un Pinto que hizo el último esfuerzo.
Fue la mano de Vucetich, su halo de rey Midas; pero también fue la mano celestial del Tano que llevó a su hermano a la consagración como delantero centro. Deuda cumplida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario