Hay una característica que abandera a nuestro fútbol en la escena mundial. Más que la ramplona resistencia azteca de casi todos, o la añorada técnica individual de nuestros medios ofensivos, el fútbol mexicano se ha acentuado desde sus inicios por su destino timorato. Hasta hemos puesto una palabra en la gramática. Hablar del síndrome del jamaicón es decir añoranza, tanto por la tierra o por la vida cómoda que se deja. Villegas, aquel fino jugador del campeonísimo, pasó a las memorias no por su tremendo juego, sino por la sentencia que infelizmente encerraba su mote. Hemos de la misma forma evidenciado temores ancestrales cuando los nuestros se paran a definir cotejos desde los once pasos. El terror a la victoria vuelve a nuestros cobradores de penales en simples herramientas del destino. Eso en la faceta internacional. En el medio local, el torneo muestra cada semana sus carencias mentales. Un formato de competencia que promueve la mezquindad, que premia la medianía, convierte a jugadores y técnicos en meras piezas de la suspicacia. No se busca ganar, mucho menos agradar al público (que vayan al circo, reconvino Lapuente), sino conservar un prestigio institucional ganado en los inicios con batallas épicas y vilmente tirado a la basura en la actualidad. Hoy importa el resultado; el cómo se consiga entra en renglones de la ingenuidad.
El chivas-pumas siempre fue un juego atractivo. La combinación podía ofrecer juegos malos, pero había letente un orgullo de identidad, que igual pasaba por el recelo capitalino-provinciano. Lo del sábado fue una burla. Una media cancha copada de jugadores limitados desembocó en un partido soso. Tan mal está nuestro fútbol que a falta de pan los comentaristas no se cansan de alabar a los contenciones, atribuyéndoles cinco pulmones, garra, un falso empuje, una capacidad física ilimitada, olvidando que el destino del 5 es permanecer en el anonimato. Si en un partido el contención es traído a la memoria fue un partido malo. ¿Alguien recuerda acaso al negrito Makalele, aquél que cubría las espaldas de la primera generación galáctica de Florentino? ¿Alguien recuerda al sobrio Deschamps, el que permitía la fantasía de Zizu? El contención es un jugador necesario, imprescindible, pero otorgarle roles protagónicos es como permitirle el mando a la infantería.
Luego de la paseada en Tuxtla, el Guadalajara necesitaba un comparsa de Araujo. Pero la prioridad de no recibir gol no tenía por qué ser preponderada. En el fútbol gana quien anota más goles. Las chivas no apelaron una sola vez a la velocidad, el arma que les venía regalando goles por racimo. Nunca tan propicia tal virtud como ante la universidad, ante el juego tieso de Verón, y nunca tan denostada; Real decidió atacar a la defensa puma utilizando la destreza aérea y la buena racha de Hernández, pero el chico se perdió entre los músculos del paraguayo. De igual forma se perdió el rebaño, llevando disputas estériles en media cancha, ante jugadores más hechos. La UNAM tampoco intentó herir. Estos pumas de Ferreti sólo se deciden al zarpazo ante el error del rival, si tal no se produce ellos permanecen cómodos en la espera.
Ante el juego limitado, el Jalisco pidió al Bofo. Bautista entró a corroborar su mal tiempo, más a evitar el regaño patronal al técnico que a pedir la pelota.
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