Y Stamford Bridge se le rindió a Mourinho. "Oh, oh, oh, oh, oh... Jose Mourinho", gritaba la grada mientras contemplaba la cadencia que imprimió en los últimos minutos el Inter del Special. Nadie salía con tres puntos de Stamford Bridge, nadie que no se hiciera llamar Jose Mourinho. Sólo el portugués era capaz de brindar batalla a la musculatura inglesa, a la letalidad de Drogba, a la mirada de soslayo de Ballack, al bailoteo contundente de Malouda; sólo él, creador al fin y al cabo del prestigio europeo del Chelsea.
Algo le debía el fútbol al equipo inglés, algo que inexorablemente Terry pateó a la basura hace dos años en Moscú. El Chelsea parecía que esta temporada regresaba por su premio, enorbolaba un fútbol tremendo, avasallador, casi despiadado. En la Premier exhibía a sus rivales, los masacraba al son de cinco goles; en Europa mantenía la línea, la firmeza, aunque sin aplastar porterías. El año presagiaba bueno para los blues. Hasta que nuevamente Terry lo tiró a la basura. El capitán podía gozar de su fama, malgastar su dinero, cogerse a cuanta vieja se le pusiera enfrente; pero hacerlo con la novia de Wayne Bridge, su amigo, su admirador casi, en una sociedad que se espanta por los deslices egipcios de Lady Di, era una crucifixión. Desde entonces comenzó el calvario personal de Terry, que hoy se llevó entre las patas el juego de los blues y amenaza en el verano con llevarse de igual forma a la Inglaterra de Capello.
Luego de conquistar Europa con el Porto, un equipo por el que nadie daba una brizna, Mourinho llegó al Chelsea seducido por los petrodólares de Abrámovich, el magnate ruso. Tuvo la gloria en sus manos, pero le tocó enfrentar al United de Cristiano. Mourinho aterrizó en Milán, a volver respetable a un equipo que desde los 60´s no alza la mano en Europa. Primero aprovechó el error del Barça y sin pensarlo intercambió a Ibrahimovic por Etoó, el sueco es un delantero que tiende a minimizarse frente a los pesos pesados, el camerunés, en cambio, está hecho para aparecer en las grandes citas. Aprovechó también la urgencia del Madrid por sanear sus cuentas y adquirió a Sneijder. Hoy ambos le resolvieron la bronca en Londres. El holandés aprovechó un hueco que la desesperación inglesa abrió en el centro de su defensa y con un toque de tres dedos, de espaldas, habilitó al camerunés; Etoó encaminó relamiéndose los bigotes, seguro en la carrera, mirando al balón en todo momento hasta que decidió el que era justo para mandar al Chelsea a replantear su estilo. Tal parece que el petróleo no es la solución en Stamford Bridge.
Mourinho ha convertido al Inter en un equipo tremendamente sólido; es paciente y templado en los momentos de urgencia, y lastima en los intervalos justos. Hoy Milito no estuvo fino. Pandev desperdició un pase precioso de Sneijder. Pero para eso está ahí Etoó, tirado al inicio como un falso mediocampista; el camerunés vino a aumentar el prestigio de Mourinho, cosa que hasta hoy no le hacía falta. Los cantos finales al Special confirman el enamoramiento del portugués con el equipo londinense. La pleitesía la confirmó hoy en la yerba.
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