El Arsenal había logrado encender los focos rojos después del duelo en el Emirates. Había logrado sobrevivir al juego excelso azulgrana y se había atrevido de la mano del velocista Walcott a emparejar el juego. Llegaba al Camp Nou reclamando un fútbol alegre, vistoso y hasta cierto punto efectivo. Pero hoy la dicha no le sería más, hoy simplemente el Arsenal se enfrentó a un diminuto argentino de 21 años, el hombre más grande de los que han jugado este deporte.
No jugó el Barça el fútbol de Londres, y salió precavido guardando quizás demasiado respeto a un Arsenal que llegaba teriblemente mermado por las lesiones. Aun así el equipo inglés le plantó juego al inicio. Ante un error en la salida de Milito, habilitado en la central junto a Márquez, el velocista Walcott enfiló por caminos donde es letal. No definió el inglés, sirvió a la llegada de Bendtner y éste trompicó en la primera opción, pero el balón le quedó a merced para definir y poner las cosas bravas en Cataluña. Allí apareció Messi, tan acostumbrado a resolver los juegos por su cuenta. Primero con un disparo a la horquilla, desde fuera del área, inmediatamente después de la estocada inglesa. Luego elaborando una jugada donde habilita a Abidal y éste centra bajo quedando el balón a los pies de Pedro, el canterano vio venir al argentino de frente y le sirvió suave, Messi sólo tocó a contrapié de Almunia. Pero los chicos de Wenger nunca bajan la guardia, el partido no permitía consesiones. Guardiola había alertado la necesidad de rematar el juego, de no dar segundas chances al equipo inglés. Y ahí volvió a parecer el argentino. Rompiendo un fuera de juego apareció solo frente a Almunia, cualquier futbolista chuta raso, fuerte, esperanzado en que el balón no pegue en el cristo del arquero; Messi no es cualquier futbolista, Messi vio frente a Almunia y apenas tocó el balón, un toque de vaselina se levantó de su pierna izquierda y entró suave a la red. Fue un tiro imposible, por la velocidad con la que iba encarrerado y por el achique oportuno del meta, pero esas cosas se carga Messi en sus piernas. Es capaz de volver fácil lo que Maradona resolvía con trampas, o lo que Pelé aprovechaba de la rocosidad de los defensas.
Al término del medio tiempo el chico caminaba normal, ni una sonrisa, ni una mirada a la grada del Camp Nou que lo coreaba y le rendía tributo. Da la sensación que Messi opaca hasta a sus propios compañeros, que no reclaman para sí un éxito que ineludiblemente sólo le pertenece al argentino. Al menos eso fue hoy. Hoy Messi pudo solo. Sus compañeros fueron mero relleno.
Messi está más allá de las grandes hazañas. A él no le basta el hat trick. Cuando aparentaba que el Barça guardaba energías para el Bernabéu Messi volvió a tomar la pelota y arrancó. Uno no lo para, dos tampoco, tres y el arquero han demostrado hoy que igualmente fallan. Detener a la Pulga implica desligar el romance que el chico mantiene con el balón. No queda más que aplaudirlo y disfrutarlo, como lo hace él con el juego, como lo hizo en el último gesto cuando el árbitro pitó el final: buscó la pelota, la acarició y se la llevó botando entre las manos como hacen los chicos del llano. Messi aún es inocente.
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