
El Camp Nou recibió a Mourinho con una rechifla descomunal. El portugués se tragó su rabia; pero cuando ocupó la banca él sabía que le habían picado el orgullo. No se iba a parar de allí sin el boleto a Madrid. Y lo hizo, recordándole al mundo que el Barça tiene puntos flacos. Sin la bola, el equipo azulgrana es inerme; teniéndola, sólo basta coparle las ranuras. Eso pasó hoy.
Necesitaba Mourinho un partido bravo, un rival excelso, y nunca lo tuvo ni lo volverá a tener como este Barça. Al salir ileso del choque en Cataluña, Mourinho inscribe su nombre entre los mejores técnicos de este deporte. Él mejor que nadie sabe que usó al Barça; lo usó para cimentar su ya de por sí enorme ego. Ya no necesita ganar la champions; el partido era el de hoy. Por eso cuando acabó el juego corrió al centro del campo y alzó los dos brazos, extendidos a plenitud estaban los índices, "soy el número uno", parecía decir, burlándose en la cara de la afición culé, la que lo había provocado al inicio, "yo soy el special", parecía bufar mientras los del Inter se abrazaban y extendían sonrisas tras la hombrada alcanzada, la hombrada de haber truncado al mejor Barça de la historia.
El partido fue el esperado. Un Barcelona dominador, teniendo la pelota todo el tiempo; pero incapaz de provocar zanjas en la defensa interina. No había claridad, no había imaginación, no la había ni para Messi, que buscó y pidió la bola todo el tiempo pero que se topaba con una defensa ordenada, que le reducía los espacios. El argentino puede burlar a dos jugadores, a tres incluso; pero burlar a tres jugadores dirigidos por Mourinho no. Parecía Messi un jugador sorprendido, un chico de barrio que se asusta de tener que enfrentar a la camada grande. Por más que lo intentó Messi hoy no iba a ser, a donde iba lo seguía Cambiasso, y cuando el Inter pagó injustamente la expulsión de Motta Mourinho decidió que no iba a haber partido. Era el equipo italiano cubriendo el área de Julio César, y era el Barça rebotando una y otra vez en los músculos y el colmillo firme de los de Mourinho.
Intentó Guardiola colocando a Pedro sobre la banda, tratando de que Xavi encontrara un respiro a su izquierda, pero el canario mostró poco, todos sus centros fueron erróneos. Ibrahimovic vino a poner claro que el trueque con Etoo fue desfavorable para este Barça. Lo buscaron los blaugrana por arriba, su fuerte, y nunca se encontró Ibra. Guardiola lo suplió en el segundo tiempo y apostó todo a la cantera. Bojan tuvo el primero en un centro precioso de Messi y erró. Entonces todo apuntaba a un partido tranquilo para el Inter, nada fuera del renglón del técnico portugués. Hasta que apareció Piqué en fuera de juego y convirtió el gol de su vida, a ocho del final. Había recibido un rebote en el área y se enfrentó a Julio César, lo evadió como delantero, dándole toda la vuelta y definió de espaldas. Un gol que volvió vibrante el juego, pero que ubicó ilusiones falsas al Barcelona. Ya no habría nada. Sólo el show del Special.
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