
Ya no más, sargento. Nao mais. No funcionó su disciplina militar. En el que quizá sea el peor mundial de la historia, en cuanto a calidad futbolística se refiere, hoy surgió de entre la basura una noticia determinante: ha caído el Brasil del sargento Dunga. ¡Bendito fútbol! Brasil se obliga desde ahora a no menospreciar su pasado. No más al doble pivote. No más al juego sucio y deslucido. Aparece en el horizonte, después del fracaso surafricano, una canarinha distinta, la del bailecito paulista y las filigranas. A no sea que se quiera seguir en viacrucis, la verde amarelha está obligada a recuperar su esencia.
Es a la Holanda de Robben a quien le debemos este favor. No por su fútbol, que vaya que lo tiene, y en especial ese chico calvo, sino por dos balones consecutivos al área brasileña, insípidos, que provocaron el espanto y la precipitación de Julio César. En el primero, el meta decidió salir a cortarlo teniendo en frente la cabeza de Felipe Melo, a quien casi desnuca: el balón, tras desviarse en el cráneo de Melo, siguió su línea con dirección a puerta. En el segundo, Julio César, petrificado por la tontería reciente, se amarró en su arco en un cobro de esquina que aprovechó Kuyt para prolongar y encontrar la cabeza de Sneijder. Dos goles prevenibles, ridículos para el orden defensivo brasileño. Pero por más presumía Dunga a su equipo, fue por donde terminó cobrando el destino su eliminación.
No mereció ganar Holanda; tampoco Brasil. Ambos se trabaron en un juego de pesadilla, miserable, irresponsable para la calidad de los veintidós en la yerba. Si algo hizo Robinho fue recibir un balón de Melo en el área por el minuto diez y empalmarlo de media vuelta para abrir el marcador; después se la pasó peleando con todo mundo, abriendo su boca de labios gruesos para reclamar las más absurdas nimiedades. Kaká tuvo que pagar el destino opaco de las estrellas, al igual que Rooney y Cristiano. Luis Fabiano demostró que es menor que Adriano, por más que a éste le guste retratarse con pandilleros y porte veinte kilos de más en el estómago. Del otro lado, Sneijder apareció oportuno en las dos jugadas determinantes; pero más llevado por circunstancias. Robben ha hecho tan bien las cosas últimamente que los defensas brasileños se hartaron de ver videos donde aparecía el holandés haciendo lo mismo, su encaro, su recorte y su búsqueda impetuosa de pegar siempre con la zurda; Lucio, que hasta en los entrenamientos del Inter lo ve hacer lo mismo, hoy no le dejó espacio. Van Persie fue el chico deslumbrante con piernas de futbolista pero que nunca logra nada.
Ante tamaña racanería, el fútbol se reveló en Puerto Elizabeth. La máquina defensiva montada por Dunga caía en dos centros risibles. Esos goles, sin embargo, esconden una sentencia. No puede Brasil seguir haciendo un fútbol que lo niega a sí mismo.
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