lunes, 12 de julio de 2010

Por el camino de Santiago, España


España ha encumbrado a su generación dorada. Dieciséis años después del codazo de Tassoti, ocho de aquel árbitro infumable contra Corea, España ha dejado de ser el equipo preparatoriano que reprobaba siempre el examen final. Ayer, con el protocolo de ser la escuadra que mejor sabe de este deporte, se asentó en el Soccer City para reclamar su pedazo de gloria. Se graduó con honores, teniendo enfrente a la eficaz Holanda, un equipo al que el fútbol le debe un verano en el Caribe.
Eso no le importó a los chicos de Del Bosque que, desde el inicio del juego, se lanzaron sin objeción por la pelota, sabedores de que con ella engrapada a los pies, son capaces de realizar cualquier cosa. Así lo avisó Ramos apenas al minuto cinco, pero su cabezazo meteórico lo alcanzó a arañar Stekelenburg. Con la banda achaparrada española controlando el juego, Xavi a la cabeza, Holanda tuvo que recurrir al recurso sucio. Aparecieron entonces los cortes de juego, las faltas reiteradas, la insistencia en hacerse notar en base a la superioridad física. Cuando España se cansó de recibir candela, y ante la mirada ridícula de Webb (cuya actuación corona a este mundial como el peor juzgado, razón suficiente para que la FIFA deje de lado su retraso tecnológico), decidió tirar de su infantería. La cosa se volvió entonces una reedición de la guerra de Flandes. Xabi Alonso recibió una patada brutal en el esternón; Busquets en la entrepierna; Van Bommel afilaba los cuchillos. Ante la torpeza arbitral (Webb nunca entendió qué es eso de la ley de ventaja), Robben se desentendió de la carnicería para tirarse a la banda. Desde ahí comenzó a inquietar a Capdevilla. En un cobro de esquina, el del München le puso medio gol a Van Bommel; éste pateó mal, aun así, la bola quedó quieta a los pies de Mathijsen, que nunca esperó el regalo y abanicó. Holanda mostraba que sin la bola, y con Robben en punta, se sentía muy cómoda. La zurda de Robben probó en dos ocasiones a Casillas.
El partido siguió en su línea dura, con Webb repartiendo amarillas y Van Bommel sin ablandar los bíceps, hasta que Del Bosque vio que por ese camino no llegaría a ninguna parte e hizo ingresar a Navas. Antes de que el chico se hiciera notar, la zurda de Robben tuvo la gloria frente a Casillas; en una habilitación precisa de Sneijder, el del München se encarreró hacia Casillas con varios metros por delante; era el gol del título y Robben hizo todo para conseguirlo; fintó dos veces, Casillas se tiró a su izquierda, vencido, y Robben pateó al otro lado. Pero el pulpo había predicho a favor de España; Casillas alcanzó a sacar el último tentáculo y desvió con el pie a tiro de esquina. De rodillas, Robben colocó sus brazos sobre la cabeza: sabía que había perdonado la grande. Minutos después, en un desborde de Navas, Villa tuvo el suyo. Heitinga, desde el suelo, alcanzó a meter el empeine para recomponer el esperpento que había cometido previamente.
El partido entró en la fase definitoria, se respiraba la tensión. Con los decibeles a tope, la cosa se volvió en sunto de acierto-error. Y fue Ramos quien la tuvo, en una calca del gol de Puyol contra los alemanes, pero su cabezazo pasó dos metros encima de Stekelenburg. Después, apareció Iniesta, en una jugada con Xabi Alonso; el manchego nunca pudo encontrar el espacio para regatear por derecha, su perfil. Iba a ser Robben, sin embargo, el que tuviera a Casillas otra vez a merced, en una carrera de locos que le ganó a Puyol. Iker la definió tirándose a los pies del holandés. Los minutos finales evidenciaron el miedo de ambas selecciones en ir a la carga.
Tuvo que llegar el tiempo extra para que España volviera a encontrar su juego. Fábregas e Iniesta perdonaron increíblemente en sendas jugadas. Sacando sólo agua del pozo, Heitinga se tuvo que gasta su segunda amarilla. Entonces Del Bosque quemó su última canica y le dio entrada a Torres. El del Liverpool sólo iba a corroborar su ausencia. Pero a tres minutos del final el balón, luego de ir quedando en botas españolas por mera circunstancia, en rechazos tibios holandeses, cayó por fin botando en el área donde ya Iniesta se relamía. Recordando su gol en Stampford Bridge, el manchego se llenó de pelota y definió el juego. Luego corrió como loco y se quitó la camisa; debajo de ella, traía una leyenda que recordaba a su amigo Dani Jarque, fallecido un año atrás en la soledad del cuarto de su hotel. Webb silbó el final. Casillas se tiró a la yerba en llanto. Los jugadores de banca corrieron a abrazarlo. Sabían que todo se lo debían a ese castellano.
Grande, España.

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