viernes, 9 de julio de 2010

La pragmática Holanda


Holanda tomó cosecha, muchos años después. Guiada por Van Marwijk en el banquillo, un técnico calculador, que no se avoraza con su baraja ofensiva, y en la yerba por Robben y Sneijder, un binomio exquisito. Así enfrentó a la aguerrida Uruguay (salida casi de una novela de caballerías) y no le importó, a pesar de la ventaja al menos en cuanto a nómina, jugar en favor de la eficacia, intentando abrazarla, dejando en el diván el prestigio de fútbol estético que arrastra desde que a unos chicos se les ocurrió obedecer a un tal Cruyff.
En esa sintonía, Robben y Sneijder hicieron los goles, precedidos por el de Van Bronckhorst, el más bello del mundial, un zurdazo impecable que cruzó la meta de Muslera como un meteorito. Luego, por más que el rubio Forlán empatara momentáneamente con otro de sus obuses (él, único futbolista que entendió cómo había que golpear este jabulani; Khune, Kingson y Stekelenburg lo atestiguan), los holandeses se tiraron a la hamaca, a adormecer un juego que, al final, sorprendidos por los incansables uruguayos, bien pudieron perder.
La epopeya charrúa sólo alcanzó para el gol de Pereira. Pero cuando los balones suramericanos buscaban la cabeza de Abreu, en la prórroga, Fernández tuvo el empate y no se animó a cristalizar la hombrada.
Fue un resultado esperado. Uruguay llegaba muy diezmado tras el sacrificio de Suárez. Sin compañero, Forlán entendió que la cosa recaía sobre sus espaldas. Respondió hasta donde pudo; terminó fundido. Tabárez lo reemplazó y mandó la señal a Marwijk de que aceptaba la derrota. Gran estratagema. El holandés retiró del campo a sus generales y la cosa se le puso a punto de ebullición. No hubo lamento holandés. Uruguay, sin embargo, demostró cómo se compite cuando se cuenta sólo con hombres sin currículum, pero dispuestos a partirse el alma por revivir las glorias añejas. Irreprochable, Uruguay.

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