
España ha hecho bueno el paseíllo. Tuvo que colocarse en semifinales, donde aterrizó por mera circunstancia, para quitarse el overol y enfundarse el traje de gala. Entonces, teniendo enfrente a la portentosa Alemania, que asusta sólo por su historia, recurrió al juego que el mundo le admira. Unos futbolistas desgarbados, pidiendo siempre la pelota, tocándola con ingenio y presteza, a veces hasta con cierta ternura, como si se arrepintieran de golpearla, vulneraron a un acorazado que venía liquidando al son de cuatro goles. Ante el imponente juego filisteo, Del Bosque recurrió a los chicos que se divierten juntando piedras en el río. Fue una medida sagaz, consciente de que esos chicos son casi homogéneos, y que cuidan la pelota como si se tratara de un dulce ganado con enorme esfuerzo. Sin la bola, Alemania cayó en un cortocircuito, a merced de la honda española que giraba y giraba y no lograba asestar el golpe.
Alemania se mantuvo a pie firme, ayudada por la precipitación de los españoles. ¿O es inocencia? De repente da la impresión que estos davises se divierten tanto, disfrutan de tal manera del toque del balón, que no se atreven a marcar goles porque eso les interrumpiría el placer. Más que un equipo de fútbol, España semeja al pintor que se resiste a dar la pincelada final porque queda embelesado contemplando su obra.
Así se fue el primer tiempo, a pesar de que el tal Schweinsteiger se desprendió de su armadura y sacó el coraje para echarse al río a buscar sus piedras pulidas. Pero cuando parecía que la cosa llegaba a los tiempos extras (España perdonando una y otra vez; Alemania buscando un fútbol rudimentario, antítesis del que venía exhibiendo), apareció el hijo de algo, el hombre que defiende las tradiciones (y esta España estética alguna vez fue furia), y al grito de viva el rey y la sacra iglesia católica se levantó hasta la colina más elevada de la Sierra Morena, la misma donde otro hidalgo jugaba a reconciliar al amor, para cabecear un saque de esquina y definir la batalla de Durban. Tuvo que ser Puyol, ningún otro, el hombre más limitado con la pelota en los pies, y uno de los que cuenta menos centímetros, señal de que no se anda con esteticismos. Así, España resolvía a favor su primera semifinal de copa del mundo, por más que tuviera que recurrir a Casillas en las últimas embestidas filisteas.
España abandera el fútbol coral, el que hace que uno se desborde de gozo. Pero mucho, si no es que todo, se lo debe al Barcelona. El 7 de julio de 2010, en Durban y contra el acorazado alemán, había seis chicos paridos en La Masía.
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