martes, 6 de julio de 2010

Volver, con la frente marchita


Argentina pagó caro la ceguera de Maradona. Le había advertido México en un juego que debió sufrir más, pero Diego no recompuso. Se mantuvo empecinado en dejar solo a Mascherano, como si el contención tuviera, por sentencia de D10S, la misma virtud multiplicadora de los panes. Mascherano terminó fundido, correteando a todo mundo, varios metros detrás de las ágiles y contundentes piernas de Özil, Müller, Khedira y compañía. Fue un suicidio frente a Alemania, que tomó plato y pinzas y paró a servirse del bufet maradoniano. Cuatro goles, signo de superioridad inexcusable. El primero, apenas a los dos minutos.
Diego no entendió que este mundial no era de pleitesías. Derrotado Rooney, Kaká y Cristiano, apostó todo a Messi. Éste se creyó iluminado, el mismo D10S venía a ungirlo como el salvador del fútbol. Messi tomaba la bola y se volvía a ver a Diego; Messi encaraba y remataba a puerta y buscaba otra vez la reacción de su protector; Messi deambulaba en la yerba, desesperado a veces, y buscaba con quién realizar paredes, y siempre miraba de soslayo a esa cara de barba entrecana, como si buscara una aprobación. Más pragmático que Diego, formado en la escuela europea, Messi comprendió que algo estaba mal en la media cancha. Entonces, por su visión profética, decidió tirarse a ayudar a Mascherano. Era un intento de contagio a sus compañeros, de mostrarles la parte de terreno que debían ganar, pero Messi terminó recorriendo desiertos, solo, en su destino de profeta ninguneado.
Sin centrocampistas, y con una defensa bastante vulnerable, Argentina no tenía más que atenerse a la pegada de sus delanteros. Schweinsteiger y Lahm se encargaron de dejarlos aislados. El partido estaba puesto para la voracidad teutona. Klose selló dos estupendas jugadas colectivas. Friedrich, el central, ante las narices de Huguaín, cosa anómala, puso la pierna para terminar una jugada bestial de Schweinsteiger.
El fútbol encumbra a quien se lo merece, se puede pensar. Pero no lo hace dos veces. En el momento en que Maradona, al iniciar los partidos, hacía un ligero doblez de rodilla y se persignaba, estaba condenado a no volver a ser D10S.

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