
Este mundial será recordado por el circo francés y el parto de Alemania. El equipo de Löw ha desechado el juego panzer alemán, la carrocería, y ha cometido la irreverencia de escoger chicos diminutos, traviesos, aparentemente inofensivos, pero capaces de trasladar la bola y meterse entre las piernas de los rivales. Sin Ballack, Löw miró a la Bundesliga. Allí encontró al poderoso München (los chicos de Baviera no juegan igual que en su club. Müller se tira a la banda, Schweinsteiger arropa, Lahm es un meteorito, Klose anota); allí también encontró al Bremen, de donde sacó al defensa más alemán, Mertesacker, y a dos futbolistas achaparrados que representan la antítesis del fútbol germano, Özil y Marín. La revolución de Löw está en su convocatoria. Por ahí desfilan turcos, polacos, brasileños y hasta un ganhés que hoy precisamente se enfrentó a su hermano, a quien detesta.
Ghana es un equipo de atletas, de carreras largas, demasiado riesgo para este renovado conjunto alemán. Pero el equipo africano acusa recibo de su inocencia, llega hasta con cierta facilidad al area enemiga y no lastima. Su sobrado fuelle le hace errar constantemente. Aun así, y pese haber caído con este experimento alemán, es el único equipo africano que está levantando cara en el mundial.
El partido se definió cuando Özil acertó en la segunda, la más complicada. En la otra, en una combinación de velocidad y oportunismo, quedó solo frente a Kingson, erró. Pero un zapatazo de fuera del área, donde esperó la bola para empalmarla en el momento justo, bastó para amortiguar la zancada ganhesa. Gyan asomó frente a Neuer, Ayew se excedió en regate. El experimento de Löw estuvo a nada de quedar en el matraz. Ahora le espera Inglaterra, con quien hay asuntos pendientes. Ghana se medirá a los esforzados estadounidenses.
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