
España apresuró la subida al Olimpo y un gol a empellones de Fernandes la precipitó al barro. Entonces recurrió a sus extremos, sin abandonar su tejido armónico, pero salvo un tiro seco de Xabi, no pudo inquietar a Benaglio y se tuvo que tragar una derrota monumental como inesperada.
Nunca abandonó su estilo La Roja, recurriendo excesivamente a elaborar telarañas precisas; pero ahí donde los juegos se ganan picando pala y con un poco de suerte no pudo atisbar. Ni Xavi ni Iniesta; tampoco Villa. Tuvo que venir Piqué para crearse una filigrana que a nada estuvo de emular aquella frente a Julio César; pero no pudo ser. Nada le iba a salir a España como no fuera su arma que le dio mote: la furia.
Elogiada por todos lados, recibiendo el respeto de todos, España parece que se apunta a defender un estilo barroco, el mismo que la hizo campeonar en Europa. Un mundial es otra cosa. El Brasil de Sócrates mostró que no necesariamente gana el que juega mejor. España se ha impuesto la orden de los caballeros defensores del jogo bonito, tiene hombres para hacerlo, y hasta ayer la cosa le había funcionado a la perfección. ¿Qué pasó entonces? ¿Exceso de confianza? ¿Juego entre telas de seda cuando se requiere de vez en cuando tirarse al charco? Quizá. Casillas salió mal en la única jugada que tuvo, en la otra, donde Derdiyok hizo la jugada de su vida y lo frustró el palo, quedó a la merced del suizo.
El gol de Fernandes, a trompicones, en una descolgada por derecha que dejó al ariete Nikufo delante de Casillas, y donde el balón rebotó entre todos tras el encontronazo que le partió la cara a Piqué, golpe que lo atontó y no pudo reaccionar a la llegada del suizobrasileño, llegó con un mundo de tiempo por delante. Pero España no pudo inquietar. Todas las bolas tenían que pasar por la cadencia de Xavi y la sobrada inteligencia de Iniesta: demasiado previsible su juego. Lo entendió Hitzfeld, que mandó a sus chicos a confortar a Benaglio y desbaratar todo intento barroco español.
Del Bosque mandó dos alas, Navas y Pedro; por más centros que mandó el sevillano, casi todos a media altura, insulsos, España no encontró un desahogo por la banda. La única bola medida que logró mandar Xavi la resolvió Benaglio en una salida rapidísima. Suiza se colocó, y conforme fue transcurriendo el tiempo fue ganando confianza. Eso le dio bríos para soportar el último envión español. La Roja mostró tibieza, única cosa que no se pide en los partidos mundialistas. Habrá que esperar cómo reacciona. Por lo pronto, ha visitado el barro.
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