
El astrólogo Domenech volvió de nuevo a los consejos zodiacales y decidió retirar a Gourcuff, el guapo, quizá el único jugador centrado de este putero francés, en favor de un incómodo Malouda. Aguirre respondió tirando a Osorio a la lateral. El duelo se antojaba de rechupete. Osorio lo ganó cuantas veces quiso, dándose incluso el lujo de aventurarse por toda la banda. La vaguedad de Malouda, sin capacidad de regate y aturdido porque Ribéry jamás llegó en su auxilio, representa el caudal de aguas negras a las que se han tirado estos irresponsables franceses.
No hay equipo en los bleus, cada cual tira por su lado. Ribéry ha impuesto su mafia de las tetas enormes (la cual aplaude Benzemá), y los negros se han acoplado en torno a la ya agónica capacidad de Gallas; frente a ellos, Gourcuff apesta. El cerebro del Bordeaux se ha tenido que tragar el racismo negro postmoderno. Flotando como diva, Henry espera señalado por su espantosa mano. Domenech ni siquiera lo volvió a ver, como si Henry portara consigo el aliento de la peste. Con todo eso es imposible formar un equipo, por más que los astros se formen a favor.
México ganó el partido porque tenía todo para hacerlo. Pero otorgó demasiadas concesiones a un equipo francés eclipsado. En el segundo tiempo, cuando el equilibrio mexicano había maniatado a los franceses, pero sin conseguir suficiente pegada salvo algunas carreras de Giovani, Aguirre abandonó su juego precavido y requirió a Hernández pensando quizá en el regaño de sus patrones de la Iniciativa México. Con la entrada precipitada de Barrera por un lesionado Vela en el primer tiempo, Aguirre tenía suficiente fuerza para ir por el partido. Pero la permanencia de Franco impedía que Hernández se colocara como referencia en el ataque. Entonces el Vasco se decidió por Blanco. En una jugada de taco del diez, la bola quedó en las piernas de Torrado, Hernández se botó para recibir y tocar a Márquez, ayer imponente, controlador siempre del juego, lanzador acertado a los huecos de la defensa gala; Márquez miró la aceleración del Chicharito, que pasaba como ráfaga entre las piernas de Gallas y le lanzó la bola. Hernández recibió en fuera de juego (que el árbitro dio por bueno) y se puso frente a Lloris, lo eludió en un recorte por fuera y empujó sin complejos la bola a la red.
No hubo respuesta francesa. La perfecta sincronía defensiva mexicana quitó en todo momento la pelota a Ribéry y Gignac. Govou, un chico que no ha hecho nada para portar la casaca que un día usaron Platini y Zidane, tuvo que salir en favor de Valbuena, el mismo que había tenido un pleito con el Vasco. Ante la flaqueza bleu, México perdió el complejo y consiguió el segundo en un penal de Blanco, tras jugada dudosa de Barrera. No hubo siquiera reclamo francés: la mano negra encontraba la misma muerte.
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