
Cuarenta y cuatro años después Alemania cobró el ultraje de Wembley. Una vaselina de Lampard, que debió haber terminado en gol sólo porque fue la única cosa que nos dio noticia de la presencia en Sudáfrica del centrocampista inglés, pega en el larguero y pica dentro dos metros más que aquel remate en Wembley; pero Larrionda, crucificado por su línea, se negó a hacerlo efectivo. Era el 2-2, la respuesta relámpago de la Inglaterra de Capello a la eficacia alemana. Pero algo de revancha tiene el fútbol, aquel gol de Hurst cobraba elevada factura en Bloemfontein.
La no aprobación del gol convirtió a Inglaterra en un equipo desajustado, acéfalo, puesto a prueba una y otra vez en defensiva, donde la "calamidad" James fue mero espectador del contragolpe alemán. Inglaterra quedó exhibida por unos chicos ágiles y contundentes, que saben jugar con la bola sobre el pasto y no son brasileños. Apareció Özil de nueva cuenta para mover la maquinaria teutona, el chico tiene ojos de quien patea un panal y se arrepiente, pero su inteligencia para trasladar el jabulani es descomunal. Él fue quien mandó a Podolski, a Klose y a Müller a despedazar a los ingleses.
Inglaterra dice adiós así a su generación dorada, que nunca se graduó, retirada de Sudáfrica sin haber mostrado señales de prestigio. Nunca tan improductivo Rooney como en esa posición falsa de media punta. "El chico malo" vagó en todo el mundial, refunfuñando hasta por las cosas insulsas, mostrando sus muecas de pandillero. Alemania aprovechó el enojo inglés y se dispuso a devorarlo sin reticencias. Cuenta saldada.
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