
Alemania demostró cómo. Ante los lamentos hacia el jabulami y las quejas a un ambiente hostil, que no tiene que ver con las vuvuzelas y sí con los frecuentes asaltos a turistas, periodistas y delegaciones, los alemanes pusieron la bola en la yerba, miraron la portería contraria y se volcaron hacia ella. Nada de pretextos. Alemania consigue todo a manera de torbellino, así se trate de derrotar a los australianos, un equipo tan débil que por eso mismo pugnó clemencia. A Löw no le importó. Acomodó en el campo al equipo menos alemán que se recuerde, una extraña mezcla de turcos, brasileños y polacos, y los puso a jugar con la idea de conseguir goles metida entre ceja y ceja.
Ante la ausencia de Ballack, respondió con la incorporación de Özil, un chico tan rápido y tan oportuno y vivaz que hizo olvidar de momento la añoranza al juego teutón de choque. Esta Alemania no carga bíceps; sí mucha irreverencia. Pero por más aventura que intente conseguir, la premisa es clara: partir desde el orden. Ahí, en la media cancha, el tipo más alemán que conserva es Schweinsteiger; en él recae todo avance alemán, él también es el primero en contener los del contrario. Asentado como pivote, el del München reparte el juego a sus costados. Ayer explotó el bando derecho. Lahm, Özil y Müller encontraron una sincronía que desembocó en los cuatro goles teutones. Esperando, siempre al acecho, estaba Klose, tan eficaz que se pone a cuatro de Ronaldo.
Lució Alemania implacable, sin conceder armisticios, y para hacerlo utilizó el que quizá sea el recurso más simple: llegar a meta en el menor tiempo posible. Fútbol vertical. Australia no mostró respuesta, habrá que esperar un equipo más cuajado para medir el alcance del juego alemán. Pero ayer dio noticia, ha renunciado al músculo para presentar un juego relámpago de cazador de oso, así sean los dos polacos que tiene al frente quienes resuelvan.
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